SANTOS MÁRTIRES ORIGINARIOS O QUE EJERCIERON
SU MINISTERIO SACERDOTAL EN ESTA DIÓCESIS

 

 

 

ANACLETO GONZÁLEZ FLORES

 

Un gran paradigma para el mundo de hoy

 

Cuando vemos la facilidad con la cual el hombre mediocre puede reducir la maravillosa amplitud del mundo a un espacio cerrado, de aire enrarecido y maloliente, advertimos la extraordinaria grandeza del mensaje cristiano. 

Frente a las conjuras, las intrigas y los mezquinos intereses del Sanedrín que se confabula en contra de Jesús, el Mesías, rodeado de sus discípulos, declara “Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre”, ahora se ha demostrado que es posible alcanzar el éxito sin mancharse las manos, sin coludirse; un éxito que, desde luego, trasciende y supera ampliamente los horizontes humanos, por más que atraviese por las coordenadas del martirio.

 

            El pasado 22 de junio se conocía en Guadalajara la noticia de que en presencia del Santo Padre se había dado lectura al decreto de martirio de Anacleto González Flores y 7 compañeros laicos, mártires.

 

 De inmediato los periódicos locales divulgaron la noticia.  En los primeros días de abril, pero del año 1927, también los periódicos locales divulgaban una noticia que conmocionó a toda la ciudad y al Estado de Jalisco Anacleto “El maestro”, había sido asesinado por el gobierno.

  Capturado, mejor dicho, secuestrado en un domicilio particular, torturado y luego ejecutado, el gran líder cristiano había dejado la escena del mundo.  Bastaría repasar las varias fotografías de su sepelio para aquilatar lo que este singular joven significaba para la sociedad de su época.   Miles de dolientes de toda edad y condición se hicieron presentes, Guadalajara estaba de luto, porque, junto con Anacleto, otros jóvenes valerosos habían sido igualmente asesinados.

           

Ante la magnitud del acontecimiento, el gobierno se apresuró a buscar coartadas que justificaran su acción criminal tan manifiesta.  No inventaban nada nuevo.  Cuando Nerón incendió Roma par cumplir un capricho, ante el reclamo popular, culpó a los cristianos y, de esta forma,  justificó la masacre que enseguida ejerció sobre ellos.  ¿Qué necesidad tenemos de juicio?, dirían los sanedritas.  Y acusaron a Jesús de blasfemia y de que soliviantaba al pueblo.  Por lo mismo, al gobierno le pareció de maravilla culpar a Anacleto de ser autor intelectual de un secuestro, por esos días ocurrido en Guadalajara; esa fue entonces su coartada, y como tal se divulgó por os medios de comunicación. 

Que la viuda del secuestrado hubiese declarado la falsedad de la nota, ya era irrelevante; al calumniador no le importa que su dicho se aclare, más bien le preocupa y se empeña en que, por lo menos, quede todo en la indefinición, manantial permanente de nuevas infamias.

            Con el pasar del tiempo y la distancia que genera, la figura de Anacleto de nuevo aparece limpia, como lo fue siempre, y su obra y grandes ideales se hacen hoy tan urgentes como lo fueron en su época. 

 

Anacleto González Flores es el adalid cristiano de la lucha pacífica por la democracia, por esa democracia que ha tardado ya tanto en llegar.  Es el adalid de uno de los derechos humanos más trascendentes, el derecho a la libertad religiosa, por el cual él fue capaz de dar la propia vida.  Líder de un combate de profunda entraña cristiana, se ha inscrito, desde el principio, en la lista de los mártires, toda vez que mantuvo con tenacidad su convicción de que es la paz y no la violencia, lo que garantiza resultados perdurables.  Pero Anacleto fue también un gran comunicador; escritor profundo, erudito en su bagaje intelectual, conocedor a fondo de la historia mexicana, hábil como periodista, expresión de lo que debe ser un periodista cristiano, tan convincente con la palabra escrita como en el discurso oral.  Un hombre de principios del siglo XX, que tiene tanto que decir a la sociedad del siglo XXI, justamente en muchos de los temas que el mundo de hoy maneja.

 

 

 

 

LUIS PADILLA GÓMEZ

 

            Nació en Guadalajara, Jalisco, el 9 de diciembre de 1899.  Fue el último de los siete hijos engendrados por los esposos Dionisio Padilla del Castillo y Mercedes Gómez.  Fue bautizado en la parroquia del Sagrario Metropolitano, el 13 de diciembre, con el nombre de José Dionisio Luis.

            Siendo niño, falleció su padre.  Luis recibió en su hogar una esmerada educación cristiana.   Poseía un temperamento sensible y la muerte de su padre y los muchos años que lo separaban del resto de sus hermanos, no le dejaron recuerdos amables de esta primera etapa de su vida.

           

El 24 de septiembre de 1908, hizo su primera Comunión.  Inició sus estudios en el colegio particular del señor Tomás Fragoso y después pasó al Instituto San José.  En noviembre de 1915, ingresó a la Congregación Mariana del Santuario de Señor San José.  El 17 de julio de 1916, se afilió como socio fundador a la recién creada Asociación Católica de ka Juventud Mexicana.  El 1º de noviembre de ese año, apoyado por el padre Othón León romero, abrió matrícula en el Seminario Diocesano de Guadalajara.  Sus compañeros de Seminario recuerdan al joven estudiante de humanidades y filosofía, como un modelo de aplicación y virtud, clarividencia intelectual, piedad y recogimiento.

           

Por notas autobiográficas, es posible delinear su perfil: después de una niñez opaca, que se traduce en miedo a la vida y baja autoestima, la certeza de ser objeto del amor de Dios atempera su carácter.  En una tanda de ejercicios espirituales, descubre que Dios lo llama y que lo quiere para sí.

            Sin embargo, la vida intermitente del Seminario, plagada de sobresaltos y temores, poco ayudan al fortalecimiento de este propósito.  En unos apuntes que tituló Místicas, escritos en 1919, deja en claro que le subyuga ser sacerdote, pero al mismo tiempo aparece como nube gris la duda vocacional.

           

En 1921, habiendo terminado los tres cursos de filosofía, y estando a punto de iniciar la formación teológica, tomó la dolorosa decisión de abandonar el Seminario y se dedicó a saciar su sed intelectual, estudiando con ahínco; a las obras de apostolado y a buscar en Dios la paz del corazón.  Corrigiendo su tartamudez, dictó conferencias, impartió cursos, fue buen declamador de poemas.  Fue congregante asiduo, catequista y activo acejotaemero, muy dedicado a la acción social.  Era amante de los buenos libros y adquirió una selecta biblioteca, pero fue en su oratorio, dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, donde volcó su refugio interior.

           

Procuró mantenerse al día en religión, doctrina social de la Iglesia, filosofía, moral y ciencias aplicadas.  El orden de sus exposiciones, a decir de muchos, es admirable.  Hizo célebres sus aplicaciones del Evangelio a la vida.  Fue capaz de resolver los más intrincados casos de teología moral, de argüir con maestría las proposiciones filosóficas y de discurrir con delicadeza cuestiones de ascética y mística.  Por este tiempo, además, conoció los escritos de santa Teresa del Niño Jesús.

            Muchos advertían perfectamente delineado en Luis, al pastor sabio, sano y santo.  Tan es así que les gastaban la broma: “Luis, cuando dice un discurso, predica”.  Además de comulgar todos los días, de meditar y de tener espacios largos de adoración ante Jesús Sacramentado, amó con intensidad a su Madre del cielo, bajo la advocación de Guadalupe.

           

Enemigo del ruido y de la publicidad, se inhibe casi por completo a colaborar con la prensa católica; pese a ello, en lo particular escribió, mucho y bien.  Convive con muchas personas, pero sus amigos íntimos son pocos y selectos, casi todos sacerdotes.  Es alegre, comunicativo, canta, ríe, tiene siempre a la mano la anécdota ocurrente y limpia.  Sus compromisos con la A.C.J.M. y con los círculos de estudio, consumen lo mejor de si tiempo.  Con gusto colabora como profesor de literatura en el Seminario de Guadalajara y como corrector de estilo en la prensa católica.

            La lucha desatada en su corazón hace que se enfrenten la sombra y la luz, el odio y el amor.  Extenuado por estos roces, exclamó, en noviembre de 1924: “soy un viejo a los veinticuatro años”. No se trata en realidad de vejez, sino de fatiga.  Aunque su alma delicada y sensible, que vibra ante el menor movimiento de la gracia, lo impulsa a entregarse por entero, lo abruma la desazón de no poder darlo todo.

           

En la cuaresma de 1925, escribió De cosas espirituales, donde da razón de su indecisión y, por otra parte, evoca al martirio.  El 28 de agosto del año siguiente, 1926, definió su situación: regresará al Seminario, y la angustia que lo aflige, cesa.  Con todo, reingresar al Seminario, al menos de momento, no es posible.  La institución atraviesa la peor crisis de su historia: la clausura sistemática de sus instalaciones y la persecución abierta a su enseñanza.

            A finales de 1926, es presidente diocesano de la A.C.J.M. y secretario de la Unión Popular.  Su celoso apoyo al boicot y las giras de propaganda para consolidar la Unión Popular en el interior del Estado lo reclaman de tiempo completo.

           

A principios de 1927, se liga a la causa de tantos católicos dispuestos a defender su fe  a costa de sus vidas.  El 24 de enero de ese año, registra en su diario su opción sacerdotal, pero también, en su conducta, queda claro su compromiso con la resistencia católica.  No tomará, bajo ninguna circunstancia, las armas, pero apoyará la oposición activa de los jaliscienses comprometidos en la defensa de su religión.

            Participa cotidianamente en las celebraciones clandestinas de la Eucaristía, ora con asiduidad y medita mucho.  El 4 de febrero de 1927, desde Ameca, escribe a su madre: “Estoy bastante contento y no tienes por qué preocuparte por mí; estoy mucho mejor y más seguro que en Guadalajara”.

            Ya en Guadalajara, al lado de Anacleto González Flores, redobló sus empeños e intuyó su fin.  El padre Ignacio González, poco antes de su martirio, notándolo deprimido, inquirió la causa: “La situación de la Iglesia en México me pone a veces en este estado; Jesucristo escarnecido, el culto cesado, la fe debilitada, las costumbres públicas y domésticas corrompidas.”  ¿Quién no se estremece ante el tremendo castigo?

            El 1º de abril de 1927, a las dos de la mañana, su domicilio familiar es acordonado por un grupo de agentes encabezados por el general Jesús M. Ferreira.  Escalan los muros exteriores de la vivienda y se introducen en el dormitorio de Luis, arrancándolo literalmente del lecho.  Pronto, un nutrido contingente, armando en toda forma, toma la casa y a sus moradores: Luis, su madre doña Mercedes y a su hermana María de la Luz.  Las mujeres son enviadas a la Inspección General de la Policía; Luis, a la Jefatura de la zona de Operaciones Militares, donde es interrogado, y más tarde remitido al Cuartel Colorado, al oriente de la ciudad.

           

Por la mañana del 1º de abril, en el Cuartel colorado, esperan la muerte en sendos calabozos Jorge y Ramón Vargas González, Anacleto González Flores y Luis Padilla Gómez.

           

En el momento señalado, son conducidos al paredón de fusilamiento.  Cuando le llega su turno, Luis  hace petición: desea confesarse por última vez, pero su solicitud no es atendida. Entonces, arrodillado y con los brazos en cruz, perdona a sus verdugos y recita el acto de contrición, que interrumpen los disparos. 

            La familia Padilla Gómez realizó todas las gestiones posibles para evitar lo inevitable, y la terrible noticia no deja de conmoverlos, especialmente a su madre.  Sus familiares recogieron el cadáver.  Además de los impactos de los fusiles, ciertas escoriaciones en la lengua hicieron suponer el tipo de tortura al que fue sometido.

           

La capilla ardiente donde fue velado resultó insuficiente para recibir a una multitud deseosa de rendir tributo póstumo al líder juvenil, sacrificado en la flor de la edad.  Al día siguiente fue sepultado en el panteón de Mezquitán.

            El 4 de julio de 1928, consumida por la pena, murió su madre, doña Mercedes Gómez.

 

 

 

JORGE VARGAS GONZÁLEZ

 

            Nació en Ahualulco, Jalisco, el 28 de septiembre de 1899.  Hijo de un caritativo médico, don Antonio Vargas, y de una valiente madre que no se arredró al entregar a sus hijos al martirio, a su ejemplo de la madre de los Macabeos, doña Elvira González.  Sus abuelos fueron Florencio Vargas e Ignacia Ulloa; Ramón González y Clara Arias.

            La familia Vargas era un árbol de hondas raíces en Ahualulco, que habían producido vástagos fuertes y valiosos, entre ellos el más notable fue don Francisco Melitón Vargas, que llegó a ser rector del Seminario de Guadalajara y posteriormente Arzobispo de Puebla de los Ángeles. Fue bautizado el 17 de octubre de ese mismo año, con el nombre de Jorge Ramón, por conservar el nombre de su abuelo materno, aunque él siempre se hizo llamar Jorge.

            En el año de 1914, la familia Vargas González, para brindar mayor seguridad y mejores oportunidades de formación a los hijos, se radicó en Guadalajara, aunque don Antonio, por su profesión y por atender a sus hermanas y sus negocios, permaneció en Ahualulco.

           

Durante su adolescencia, Jorge fue testigo de los acontecimientos violentos de la Revolución mexicana y de sus excesos sobre todo en contra de la religión católica y anheló, como tantos jóvenes de su tiempo, la libertad religiosa, sobre todo cuando arreciaba la persecución en contra de la Madre Iglesia, a mediados de los años 20.

            Entre la juventud, alentada por la recién creada ACJM, había una verdadera efervescencia por defender el honor de Dios y los derechos más sagrados de la persona: la libertad de conciencia y la libertad de culto, pisoteados por leyes injustas.  Jorge fue un militante activo de la ACJM y un discípulo de su líder, el Maestro Anacleto González Flores.  Esto, sin embargo, no lo alejaba de sus deberes como estudiante universitario, ni al concluir sus estudios, de la responsabilidad de su trabajo en la compañía Hidroeléctrica.

           

Toda la familia Vargas González se sentía solidaria con la Iglesia Católica y particularmente con la suerte de sus pastores y sus líderes laicos y, al cerrarse en julio de 1926 el culto público en los templos, confiscados los Seminarios y proscritos los sacerdotes, su hogar se convirtió en refugio de sacerdotes, seminaristas y líderes católicos. 

 

Con generosidad compartían casa, comida y amistad con los hermanos perseguidos y se constituían en sus guardianes, como hizo Jorge con el Padre Lino Aguirre, que con el tiempo sería obispo de Culiacán.  Este sacerdote, no queriendo abandonar el encargo apostólico que le había confiado el Sr. Arzobispo en la ciudad de Guadalajara y conociendo la generosidad de los Vargas, acudió al domicilio, ubicado en la calle Mezquitán 405, con la seguridad de que sería aceptado.

           

El padre Lino salía de ahí todas las tardes disfrazado de obrero, montando en su bicicleta, a cumplir sus tares pastorales, hasta que un buen día Jorge, que compartía con él su cuarto, le dijo: “No está bien, San Lino- así le decían en broma- Usted ya no sale solo, le puede pasar algo; yo seré su guardaespaldas” y a partir de ese día, Jorge apresuraba su regreso del trabajo por la tarde para seguir, a pocos pasos y montando en una poderosa bicicleta, según el testimonio de María Luisa Vargas, única sobreviviente de la familia-, al P. Lino, como su ángel de la guarda.

           

Los momentos más esperados por la familia eran los de la cena, en los que además de los alimentos, compartían la amena charla del P. Lino y las nada tranquilizantes noticias sobre la persecución.

            Para el año 1927, la situación era verdaderamente insoportable para los católicos, las medidas para derogar las leyes antirreligiosas no habían dado resultado y muchos habían decidido levantarse en armas contra el gobierno.

           

Un incidente sin importancia habría de dar un vuelco en la vida de los Vargas.  Anacleto González, nombrado jefe de la resistencia católica, era buscado por todas partes como un perro rabioso. Una tarde en que era conducido en auto para llevarlo a un escondite, el auto sufrió una avería y no pudo avanzar más.  Allí a unos pasos de una estación de policía y muy cerca del centro de la ciudad estaba el hombre más buscado por el gobierno.  Fueron momentos de gran tensión ¿qué hacer? –Está cerca la casa de los Vargas, vamos allá-.  Y así, entro en Mezquitán 405 el jefe de la resistencia religiosa a quien todos admiraban, pero nadie quería tomar la responsabilidad de hospedarlo, por lo riesgoso de la situación.

           

Así describe María Luisa el acontecimiento: “Por la noche, cuando nos reunimos a cenar, nos dimos cuenta de lo acontecido: Anacleto, el Maestro, estaban en nuestra casa y se iba a quedar con nosotros. Ya habíamos tenido en casa varios sacerdotes y a grupos pequeños de seminaristas, pero nunca al jefe de los cristeros, la responsabilidad de alojarlo era enorme, pero imposible cerrarle las puertas, ¡eso nunca! Nadie protestó, la reunión fue breve, no hubo discusiones.  Todos conocíamos al Maestro, así que aceptamos gustosos la acogida que nuestra madre le brindaba”

            La casa de los Vargas era un lugar estratégico para escondite, pues, situada en la esquina de las calles Mezquitán y Herrera y Cairo, tenían dos entradas, una por cada calle, y la de Herrera y Cairo, disimulada por una botica, era por donde llegaban los líderes de la resistencia a conversar con Anacleto.  Esto ocupó el lugar que dejó vacante el P. Lino en la habitación de Jorge, y al igual que el padre, se vestía de overol de mezclilla como los obreros.

           

A las cinco de la mañana del día 1º de abril de 1927, fuertes golpes en la puerta de la farmacia sobresaltaron a doña Elvira que ya se había levantado: “queremos una medicina”, gritaron desde afuera; como insistían también por la puerta de Mezquitán, llamó a Ramón, éste le contestó: “diles que no, mamá, ya ves que llegué muy tarde anoche, que vengan más tarde”.  Para ese momento, los policías secretas, al mando de Atanasio Carero, ya habían trepado a las azoteas y rodeaban la casa de los Vargas.  Al grito de ¡Abran en nombre de la ley! Golpeaban con fuerza la puerta del zaguán.  Doña Elvira fue a despertar a sus hijos: “Nos van a matar a todos”.  Florentino salió primero y, entreabriendo la puerta, preguntó ¿qué se les ofrece?, ¿dónde está la orden de cateo?

           

Esta es, respondió el secretario Graciano Ochoa, mostrando la pistola.  No hubo más remedio que abrir la puerta y la casa se llenó de policías que apresaron a Anacleto y a los tres hermanos Jorge, Florentino y Ramón Vargas, bajo el cargo de haber dado albergue al Maestro Anacleto; inútilmente trató el Maestro de interceder por ellos, pues no fue escuchado.

            Encerraron a los tres hermanos en un mismo calabozo y a Anacleto y a Luis Padilla Gómez a quien también habían apresado, aparte.

            Jorge se lamentó con sus hermanos de no haber podido comulgar, ya que era viernes primero de mes, pero Ramón le replicó; “No temas, si morimos, nuestra sangre lavará nuestras culpas”.

            En todo momento conservaron la entereza de ánimo, pues estaban seguros de que la muerte los uniría a Cristo y, si el precio de la gloria eran unas balas y algunas horas de dolor, era un precio sumamente bajo que valía la pena pagar.  Tuvieron tiempo Jorge y sus dos hermanos, de charlar largamente y aún de bromear.

            Interrogados, después de Anacleto, acerca del paradero del Arzobispo y sobre los jefes cristeros, sin delatar a nadie, fueron condenados a muerte en un consejo de guerra sumarísimo, ordenado por el general Ferreira, “por estar en connivencia con los rebeldes”.  Florentino fue dejado en libertad por creer, equivocadamente, sus captores que no era aún mayor de edad.

            Llegada la hora de la ejecución, recitaron los cuatro sentenciados, el acto de contrición en voz alta y empuñando Jorge el crucifijo en su mano derecha pegada al pecho, recibió la descarga mortal.  Eran las tres de la tarde del viernes 1º de abril de 1927 cuando se abrieron las puertas del cielo para recibir a Jorge Vargas González.

 

 

 

 

RAMÓN VARGAS GONZÁLEZ

 

            Nació en Ahualulco, Jal., el 22 de enero de 1905.  Fue bautizado el mismo día de su nacimiento, en la iglesia parroquial y se le dieron los nombres de Ramón Vicente, aunque solamente usó el nombre de Ramón.

            Tenían cinco años de edad cuando su familia decidió trasladase a Guadalajara.  Llegando el tiempo, se inscribió en la escuela de medicina, donde fue un alumno destacado y se distinguía por su buen trato, su compañerismo y su espíritu de servicio.  Cuando estuvo capacitado por sus estudios, atendió con solicitud a los enfermos pobres, sin cobra por sus servicios.

            A pesar de que eran difíciles para los católicos, nunca se afrentó de ser y actuar como católico en el medio universitario.  Murió activamente en la ACJM.

            Todos lo conocían como “el colorado” por el color rojizo de su cabello; era de elevada estatura y de carácter muy jovial.

            Tenía 22 años de edad cuando Anacleto llegó a esconderse a su casa.  Al Maestro le gustaba conversar con este muchacho sano y lleno de idealismo.  Un día Anacleto hablando con toda franqueza le preguntó -Oye Colorado, ¿en qué año vas de medicina?

-         En cuarto, ya para entra a quinto año-

-         Oye, y ¿por qué no te vas al cerro a curar a nuestros heridos?

Mira, te la doy de capitán, nos ayudarías muchísimo, servirías a Dios y a la Patria.-

-         No, “Maestro”, a mí no me gusta eso, yo soy hombre de paz; no, yo no le entiendo nada de esto; además, yo tengo mucha ilusión en mi carrera; mire, si se trata de vendar la cabeza a uno, la pernas, los brazos, pero en un frente a pelear, no, eso sí que no.

 

            El 31 de marzo de 1927 por la tarde le confió a un compañero de medicina un extraño presentimiento:

-         Mira, no sé qué me pasa, esta noche no quisiera ir a dormir a mi

      casa.

-         Pues no vayas, le contestó el amigo – quédate a dormir en el hospital.-

-         Oye, muy buena idea, ya es tarde, tengo miedo de ir a mi casa-

-         Miedo, ¿a qué?-

-         Pues nomás, no sabría qué decirte. Pero mi mamá y mis hermanos estarían

     con pendiente si no fuera.

 

            Y Ramón se fue a su casa cerca de las doce de la noche. A las cinco de la mañana, ya lo estaban despertando con el pretexto de una medicina.

 

            La casa se vio invadida de policías secretas y pronto en la calle se formó un tumulto con los vecinos que acudieron a ver qué estaba pasando.  A todas las mujeres de la casa las subieron al camión de la policía y las llevaron a la presidencia municipal; a los hombres, que además de Anacleto y los hermanos Vargas eran Fidencio Estrada, amigo de la familia y Bernardino Vega, un mozo de la familia, los llevaron en otro vehículo al cuartel Colorado.

 

            María Luisa Vargas, único testigo ocular que aún vive y que entonces tenía once años de edad, refiere en su libro “Yo fui testigo”, que su hermano Ramón hubiera podido escapar en medio de este tumulto, -“Ramón sale de la casa a despedirnos hasta afuera, y como es alto y físicamente diferente de los demás miembros de la familia, se confunde entre la bola y llega hasta la esquina de la casa”. 

 

Una vez en el calabozo, su hermano Florentino le dijo:

-         Ramón, tú hubieras podido escapar-

-         Sí, pero yo me dije: mi madre y mis hermanas quedan presas y ¿yo me voy? – Y se regresó para ser reaprendido.

            Doña Elvira se despidió de sus hijos como la madre de los Macabeos: “Hijos míos, ¡hasta el cielo!”

            En la prisión no tuvo miedo él ni sus hermanos.  Tuvo tiempo de ratificar su entrega que presintió desde la víspera, pues su esperanza cristiana lo anclaba fuertemente a Cristo y le daba la seguridad de que la muerte lo uniría para siempre a El.  Después de algunas horas en la cárcel, sintió hambre y se las ingenió para conseguir comida; bromeó y oró, confortó a su hermano Jorge diciéndole: “No temas, nuestra sangre lavará nuestras culpas”.

            A punto de ser fusilado, hizo la señal de la cruz con la mano derecha, par caer enseguida abatido por las balas.  Así consumó su entrega este joven alegre, optimista y deseoso siempre de servir a Dios y a sus hermanos.

            Centenares de personas desfilaron esa noche ante los cuerpos de Jorge y Ramón, y al día siguiente, 2 de abril, fueron miles los que acompañaron a los mártires al cementerio de Mezquitán.

 

 

 

EZEQUIEL HUERTA GUTIÉRREZ

 

            Nació en Magdalena, Jal., el 7 de enero de 1876.  Fue el segundo hijo de Isaac Huerta Tomé y de Florencia Gutiérrez Oliva.  Recibió el bautismo dos días después de su nacimiento, en la iglesia parroquial, con el nombre de José Luciano Ezequiel. Fue confirmado el 21 de diciembre de 1877, en la misma población.

            Su madre, de carácter enérgico, decidido y emprendedor, supo inculcar en sus cinco hijos una intensa vida de fe.  En 1884, después de muchos años de trabajo en Magdalena, la familia pudo radicarse en la ciudad de Guadalajara, instalándose en el barrio del Santuario.  José del Refugio, el hijo mayor y Eduardo, ingresaron al Seminario conciliar.

            Ordenado presbítero José del Refugio, la familia se dividió; doña Florencia y su hija Carmen acompañaron al neosacerdote a su primer destino, Atotonilco el Alto, permaneciendo en Guadalajara don Isaac como responsable de sus hijos Ezequiel y Salvador.

            Ezequiel fue un buen hijo, piadoso y centrado, gustaba de la ópera.  Además de estudiar la secundaria y el bachillerato en el Liceo de Varones del Estado, se adiestró en canto con un maestro italiano de apellido Polanco; recibió también formación musical y dirección coral.  Pronto fue reconocida su notable habilidad como interprete del armonio y del órgano tubular, pero lo que le valió la admiración y el respeto de sus contemporáneos fue su hermosa voz de tenor dramático, escuchada en todos los templos de la ciudad.  Lo particular de este joven cantor era el sentimiento y el fervor en sus intervenciones.  Se llegó a decir que No había función religiosa en que Ezequiel no fuera la parte más importante de la música y del canto”.

            Un trabajo intenso y su calidad profesional lo llevó a contar con recursos propios y pensar en fundar un nuevo hogar por lo que sus relaciones sentimentales con María Eugenia García, hija de los señores Plutarco García y Ma. Trinidad Ochoa, concluyeron con la recepción del sacramento del matrimonio, celebrado en el templecito de las madres Capuchinas, el 17 de septiembre de 1904.  Celebró la Eucaristía y fue testigo del consentimiento su hermano sacerdote, José del Refugio.

            Su esposa tuvo que equilibrar los desbordes de su idealista marido, acostumbrado a trabajar sólo por el amor al arte; al efecto, María Eugenia promoverá la firma de contratos por tiempo y servicios prestados, lo que garantizará la cómoda manutención de la familia.  Los familiares de ella, admirados de las atenciones de muestras de cariño del esposo, le decían: “María, otro como Ezequiel no lo encuentra ni con el cirio pascual”.

            La alegría de los hijos pronto iluminó este hogar.  En el lapso de veintitrés años nacieron diez hijos, recibidos con amor y educados con esmero: José Ezequiel Manuel  (1905); María Guadalupe (1907); que murió un  año  después; José de Jesús (1909); María del Carmen (1911); José (1913); José Ignacio (1915); María Teresa de Jesús (1918); Ezequiel de Jesús (1920), hermano jesuita; María Trinidad (1922) y María Rosalía (1925).

            El buen esposo era también óptimo padre de familia: cuidaba personalmente de sus hijos, dedicaba a ellos su tiempo libre, les acercaba todo lo necesario para su manutención.  Ellos recuerdan que nunca llegó su padre al domicilio familiar sin algún obsequio para cada uno de sus hijos; pero, sobre todo, los edificaba con la riqueza de su vida interior.  La familia vivía con intensidad la fe católica.  Oraban unidos y juntos asistían a los servicios religiosos.

            Ezequiel nunca olvidó el cariño y respeto debido a sus padres, visitándolos con frecuencia, sobre todo desde que su hermano José del Refugio, siendo párroco de la comunidad del Dulce Nombre de Jesús, los llevó a vivir consigo.

            En más de una ocasión, tuvo que contener la ambición.  Varias ofertas lo tentaron a buscar horizontes artísticos mucho más amplios, pero él siempre declinó estas propuestas, pues si bien amaba su oficio, aún más lo retenía el amor a los suyos y las posibilidades de servir únicamente el culto divino.

            Organizaba su vida en torno a la Eucaristía.  Muy temprano participaba en la misa primera, haciéndose siempre acompañar por uno o más de sus hijos; recibían con particular devoción el cuerpo de Cristo.

            Sufrió mucho por el acoso y la intolerancia de las autoridades civiles en contra de la Iglesia Católica.  Apoyó, según sus posibilidades, las decisiones de los obispos y de las organizaciones católicas.  Con esta intención, los Huerta García, para proteger la integridad de las Carmelitas Descalzas del monasterio de La Hoguera, por el barrio de Mezquitán, permutaron con las monjas su casa habitación de la calle de Independencia.  Así mismo, aceptó convertirse en custodio del templo de San Felipe Neri, en tanto el culto público permaneciera suspendido.

            En la primera mitad de 1926, murió su madre, y sería ésta la primera de muchas pruebas. La siguiente vino el 31 de Julio; el culto público fue suspendido.  Sus dos hermanos sacerdotes debieron ejercer su ministerio a salto de mata y Ezequiel mismo, perder su trabajo.

            El estado de las cosas parecía prologarse indefinidamente.  Por otra parte, sus hijos mayores, Manuel y José de Jesús, activos miembros de la Unión Popular, en común acuerdo con su primo Salvador, se incorporaron a la resistencia activa que promovía desde la capital de la república la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa.

            El 1º de abril de 1927 tuvo lugar la aprehensión, tormento y muerte de Anacleto González Flores, Luis Padilla y Jorge y Ramón Vargas González.  Ezequiel, apoyado por su hermano Salvador decidió enviar al extranjero a su hijo Manuel, entonces en Guadalajara, disponiendo la salida del joven para la madrugada del día siguiente.

            Ezequiel y Salvador acudieron la noche del 1º de abril a las capillas ardientes donde eran velados los mártires.  Poco antes estando aún Ezequiel en la casa de Salvador, expresó su preocupación por el estado de cosas.

            En la mañana del día siguiente, como a las 8:00 horas, Ezequiel llegó a su hogar.  Le pidió a su esposa María Eugenia que visitara el lugar donde era velado Anacleto, entre tanto, él cuidaría de los niños.  Una hora después se introdujeron en la casa cinco empistolados, apostándose en el ingreso; el que los dirigía cerró con llave el cancel del zaguán.  Ezequiel, sorprendido por el arbitrario quebranto a la intimidad de su hogar, exigió una razón suficiente para justificar tamaño proceder; la respuesta de los invasores fue amargarlo y procede al cateo de la vivienda, destruyendo y robando a discreción, en medio del azoro de los niños.

            Su esposa, al regresar, abordó la situación con cautela, pero fue inútil; las órdenes eran terminantes y debían ejecutarse sin compasión.  Ezequiel ni siquiera pudo despedirse de su esposa, a quien amaba entrañablemente; en su lugar le dirigió una mirada de tristeza.  Junto con él fue hecho prisionero un joven seminarista, Juan Bernal, quien accidentalmente había llegado al domicilio poco antes.

            Las horas siguientes transcurrieron con rapidez.  En las estrechísimas celdas de la  Inspección de Policía, llamadas con propiedad lobas, tabique de por medio, s encuentran Ezequiel y su hermano Salvador; se les acusa falsamente de fabricar parque para los cristeros.

            Las horas de esta injusta reclusión suponen el drama, el dolor y la impotencia de dos inocentes que deben morir para servir de escarmiento a los católicos de la resistencia.  El sargento Felipe Vázquez ordena la aplicación del tormento común: suspender a los prisioneros de los dedos pulgares y azotarles las espaldas.  Se quiere arrancas de sus labios, entre otras cosas, el sitio donde se ocultan los presbíteros José refugio y Eduardo Huerta Gutiérrez.  En realidad, al primer verdugo, general Jesús M. Ferreira, no le interesa tanto el dato, sino cebarse en la vida de los chivos expiatorios que ha elegido.

            Los labios de Ezequiel entonan como respuesta a las preguntas de sus victimarios, el himno eucarístico: Que viva mi Cristo/ que viva mi Rey/ que impere doquiera/ triunfante su ley.  Lo callan a golpes, hasta dejarlo inconsciente.  La inerme víctima, es devuelta a la loba.  Al recuperar el conocimiento reza: “Señor, ten piedad de nosotros, Cristo ten piedad de nosotros…”.  Sabe que su muerte es inminente y se prepara a ella.  Su última providencia es a favor de su familia: “dígale a mi esposa – dice a Bernal- que en la bolsa secreta de mi pantalón, tapada con el fajo, traigo una moneda de oro que es lo único que no me quitaron”.

            A media noche los suben al vehículo donde se traslada a los delincuentes comunes, una como jaula, la julia, en labios del pueblo.  Con la sirena encendida recorren la distancia que separa la Inspección de Policía del cementerio de Mezquitán.  En un extremo de ese lugar aguarda un piquete de soldados, frente a los cuales son colocados Ezequiel y Salvador; éste dice a su hermano: Los perdonamos ¿verdad? Los perdonamos, responde Ezequiel.

            El primero en morir fue Ezequiel, acto continuo lo siguió su hermano.  Después de la ejecución sus cadáveres fueron arrojados en una misma fosa, cavada con anticipación.  Tiempo después los restos de los mártires fueron exhumándoos y puestos en la cripta de la familia, en el mismo panteón.  En 1952 se les pasó a sendos columbarios de la parroquia del dulce Nombre de Jesús; finalmente, el 20 de noviembre de 1980, se les trasladó a la capilla del Seminario de los Misioneros Xaverianos, en la colonia del Carmen, de Arandas, Jalisco.

 

 

 

 

 

 

SALVADOR HUERTA GUTIÉRREZ

 

            Nació en Magdalena, Jal., el 17 de marzo de 1880.  Fue el penúltimo de cinco hijos; fue bautizado el 22 de marzo siguiente, en la iglesia parroquial de la población.

            Su temperamento, desde niño fue singular.  Afrontaba las situaciones adversas con estoicismo que incitaba a su madre a duplicar con él la disciplina.  Ciertamente poseía algo del carácter de su padre, callado, ocupado todo el tiempo en sus faenas.  Sin saberlo, iniciaba su camino por la senda estrecha y empinada que conduce al reino de los Cielos.

            Ya instalada la familia Huerta Gutiérrez en Guadalajara, inscritos los hermanos mayores en el Seminario Conciliar y Ezequiel con sus clases de canto, Salvador, terminada la formación secundaria, manifestó que sus aptitudes no lo inclinaban por las cuestiones académicas.  Sus padres pensaron que un tiempo en el campo asentaría su elección y así fue pero solo para confirmarlo en ella.  De nuevo en la ciudad se aplicó con empeño y destreza poco común a las cosas prácticas.

            Pocos secretos dejó si resolver en lo que sería su oficio, el manejo del torno mecánico en la modalidad automotriz.  Aprovechó al máximo su estancia como operario en una compañía de origen alemán; fue técnico de bombas en las minas de Zacatecas y oficial en los talleres de los Ferrocarriles Nacionales, en Aguascalientes.

            De estos tiempos datan sucesos, de apariencia accidental, pero que vistos en su conjunto confirman su predestinación al martirio: una piedra aplastó a una persona que lo reemplazó en el manejo de cierta máquina; al reventarse el cable del elevador de la mina donde trabajaba, murieron todos los ocupantes excepto él se libró de una devastadora epidemia.  Sufrió, además, otros accidentes que le provocaron lesiones gravísimas.

            Viviendo en Aguascalientes, visita con regularidad a su madre, domiciliada en Atotonilco el Alto, donde el padre José del Refugio presta sus servicios.  En ese pueblo, conoce y admira a Adelina Jiménez, huérfana de madre, con quien terminará casándose, tras vencer algunos inconvenientes, como fueron la oposición de la familia de ella por la condición social de Salvador y la diferencia de edades, diez años, entre ambos.

            Los veinte años que duró el matrimonio, celebrado el 20 de abril de 1907 en la capilla del Calvario de Atotonilco, ante la presencia de sus hermanos sacerdotes José Refugio y Eduardo, serán una luna de miel continua.  Engendraron con cariño los siguientes hijos: Salvador (1908), María (1909), Guadalupe (1911), Gabriel (1913), Dolores (1914), Isabel (1917), Antonio (1919), Francisco (1921), José Luis (19124), Isaac (1924), a cada uno de los cuales se esforzaron por dotarlos con lo necesario para su desarrollo físico y moral.

            Los nuevos esposos se radicaron en Aguascalientes, donde nacieron los dos primero hijos; poco después, el amor materno lo atrajo a la capital de Jalisco.  Dejó lo que tenía y se estableció de nuevo en Guadalajara.  Muy pronto pudo montar un taller de mecánica automotriz, que llegó a ser considerado el mejor de la ciudad.  Se ganó, por este motivo, el sobrenombre de “Mago de los carros”; pues, se las ingeniaba para reproducir cualquier refacción necesaria, o par resolver el más intrincado desperfecto.  Solicitan sus servicios, por igual, particulares y dependencias del Gobierno.  Por otra parte, no se limitaba a utilizar el servicio de sus operarios, sino que los instruía y adiestraba.  Eso le ganó la estima de clientes y trabajadores.  Sólo una cosa no toleraba, el lenguaje blasfemo o soez.  Alguien ha dicho, por esto, que su taller era escuela y templo.            

            Sus hijos no se cansan de recordar al padre solícito, que se desvivía por atender a su sensible y delicada esposa y a sus hijos.  Amaba a Dios por encima de todo y recibía con verdadera piedad los sacramentos.  Con la frecuencia que podía, dedicaba largos espacios de adoración eucarística.

            Durante la ocupación de Guadalajara por las facciones villistas y carrancistas, durante los tiroteos, en más de una vez arriesgo la vida con tal de obtener alimentos para sus hijos.

            Sufría las adversidades con particular fortaleza: una mujer lo arrolló con su automóvil, sufrió quemaduras y heridas graves, todo sin quejarse, ofreciendo sus padecimientos por los de su esposa: “Adelina, yo le pido a Dios que me dé todos los sufrimientos, pero que a ti te devuelva la salud”, comentó alguna vez a su esposa.     

            Dedicaba los descansos dominicales a la convivencia familiar, organizando almuerzos en el campo y paseos.  Gustaba de la ópera y del cine.  Con su esposa era atento y delicado, con sus hijos, cariñoso y enérgico.

            Todos los días asistía a Misa y comulgaba en la capilla del Calvario, donde más tarde fue levantado el monumental templo Expiatorio.  Para amento de su devoción eucarística, el 8 de agosto de 1921 fue aceptado como socio activo de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento.  Por las tardes, ser reunía con su familia para rezar el rosario y, en las fiestas litúrgicas, se empeñaba  en hacerlos participar en las prácticas recomendadas por la Iglesia.

            Tras la muerte de su madre, en 1926, recogió en su hogar a su anciano padre.  Como muchos católicos en Guadalajara, a Salvador le indignaba la persecución sistemática ejercida por el poder civil en contra de la Iglesia.  Como muchos padres, también, ve partir a su hijo, Salvador y a sus sobrinos Manuel y José de Jesús, al frente de combate.  Ciertamente no le parece que las armas puedan traducir la verdad del Evangelio, pero, considerándolo un mal menor y un caso de legítima defensa, tolera el medio elegido.

            La víspera de su martirio lo asalta una de sus corazonadas: “Presiento que algo va a pasar”.

            El 1º de abril de 1927, trágicos nubarrones ensombrecen las expectativas de los Huerta Jiménez y de muchísimos hogares más.  Han matado a Anacleto González Flores y a varios jóvenes católicos.  Ese día, por la tarde, recibe a su hermano Ezequiel.  Al notarlo preocupado por la inseguridad que impera y que a todos afecta, le increpa: “No te apures, si nos quieren matar, pues que nos maten”.  Un poco en broma especula sobre la posibilidad de morir por ser católico.  Momentos después los dos hermanos visitan las capillas ardientes de los mártires.

            Entre tanto, se planea una estrategia para salvar la vida de su sobrino Manuel: partirá en el coche de Salvador, muy de mañana, con rumbo a la estación La Quemada, para que pueda abordar el tren sud pacífico, que lo conducirá a la frontera con Estados Unidos.  Lo acompañará la esposa de Salvador para evitar las sospechas de los retenes.

            Las cosas se realizaron conforme a lo planeado.  En la madrugada marchó el contingente y Salvador dispuso de su tiempo como solía hacerlo todos los días.  Ya en su taller, como a las 9:00 horas, algunos agentes de la Inspección General de Policía, como tenían por costumbre hacerlo, lo buscaron para “solicitarle un servicio”, sólo que esta vez, sus verdaderas intenciones eran otras.

            Sin justificar su arresto, lo encerraron en la Inspección de Policía.  Horas más tarde, su vivienda fue registrada, encontrando en las pesquisas algunos rosarios y estampas religiosas, pertenecientes al Padre Eduardo Huerta.

            El interrogatorio y el tormento fueron practicados con toda formalidad: suspensión de los pulgares y flagelación.  Salvador no abrió los labios ni para quejarse.  Su delito, lo sabe, es ser uno de los miles de mexicanos que profesan la fe católica y no está dispuesto a renunciar a este título.  En el transcurso del día par amargar más sus últimas horas, fue arrestado su hijo Gabriel, adolescente de 14 años, quien llevaba viandas a su padre, pero que fueron consumidas en el acto por los esbirros.

            A la media noche parten al panteón de Mezquitán.  Ya en el patíbulo, perdona a quienes le quitarán la vida.  Ezequiel es el primero en caer; Salvador lo contempla y se descubre.  Mientras preparan las armas para ejecutarlo, pide al encargado del cementerio una vela encendida.  Ilumina su pecho y exclama: “Les pongo esta vela en mi pecho para que no fallen ante este corazón dispuesto a morir por Cristo y que tanto lo ha amado”. Los disparos de los rifles rubricaron estas solemnes palabras.

 

 

 

LUIS MAGAÑA SERVÍN

 

            Nació en Arandas, Jalisco, el 24 de agosto de 1902¸ hijo de Raimundo Magaña Zúñiga y María Concepción Servín Gómez.  Fue el primer hijo de este matrimonio cristiano y tuvo otros dos hermanos: Delfino y soledad.  Fue bautizado el 26 del mismo mes.  La familia Magaña era de clase media alta, acomodada, en su ambiente familiar brillaban los valores de la honradez, formalidad y amor al trabajo que desarrollaban en la industria de la curtiduría, trabajo duro que requería de paciencia, por su nivel artesanal.  Doña Concepción, llena de bondad y generosidad, sembró en el corazón de sus hijos las virtudes, destacando la piedad, el amor a la Eucaristía y a la Santísima Virgen.

            Recibió la confirmación el 2 de julio de 1906, en el templo parroquial de Arandas, y en la navidad de 1909, recibió a Jesús Sacramentado.

            Su infancia y adolescencia transcurrieron en la tranquilidad del hogar.  A las cinco de la mañana se levantaba, asistía a Misa con su papá, volvía a casa, desayunaba y se iba a la escuela.  En su juventud, por las tardes, se unía al trabajo de curtiduría, destacando en la administración.  Era de temperamento sencillo y noble, bondadoso y tenaz, asiduo y puntual en lo que emprendía, responsable y transparente en sus acciones. Cuando la firmeza en la fe y coherencia de vida cristiana son ruta y mera en el horizonte juvenil, la vida transcurre en consecuencia.

            Frecuentaba los sacramentos y vivía lo que creía con sencillez y naturalidad.  Fue amigo de párrocos y vicarios parroquiales en su pueblo.  Fue activo adorador nocturno del Santísimo Sacramento, dirigente de la ACJM y líder del movimiento obrero, apasionado de la doctrina social cristina, impulsada por la encíclica “Rerum Novarum”, del Papa León XIII.

            Fue un gran apoyo para sus padres, sobresaliente en la práctica de la caridad, despendido de lo material y siempre preocupado por los pobres.  Con facilidad y generosidad, ayudaba a quien se lo solicitaba, sin distingo alguno, comunicaba confianza, no dejó solicitud sin respuesta, fue obsequioso y, sobre todo, siempre tuvo el consejo atinado para la necesidad del momento.

            Al fundarse la Acción Católica de la Juventud Mexicana, cuyo fin es coordinar las juventudes para cooperar en la restauración del orden social cristiano-, se afilió, siendo socio fundador y miembro activo.  Seguramente conoció a Miguel Gómez Loza, que a principios de 1923 vivió una corta temporada en Arandas.

            El 7 de noviembre  de 1992, se fundó en Arandas la Archicofradía de la Adoración Nocturna, de la cual fue miembro asiduo.

            Formalizó su noviazgo con la Srita. Elvira Camarena Méndez, fue su única novia, y el 6 de enero de 1926, en la primera Misa, unió sus vidas, una pareja bien acoplada, se les veía felices, un matrimonio ejemplar.  El hogar de los Magaña Camarena fue bendecido, el 11 de abril de 1927, con la llegada de su primogénito Gilberto, y esta circunstancia lo impulsó a redoblar esfuerzos.

            La situación de la Iglesia era cada día más difícil, el 31 de Julio de 1926 se suspendió el culto público y los católicos se organizaban en la resistencia, alcanzando en los Altos y en Arandas particularmente, mucha actividad.

            Su convicción pacífica lo llevó a no intervenir en las filas armadas; pero, con gran empeño, y asesorado por el párroco, organizó la ayuda a través de un mensajero de oficio panadero, a quien le decían “Pancho la muerte”, con quien quedó unido en la historia.

            El riego y el peligro no eran ignorados ya que el incondicional apoyo ofrecido por los arandenses, contrapuso la reacción del ejército.  Las noticias de los primeros caídos llegaban, entre ellas, las del 15 de agosto de 1926, a los 15 días de cerrados los templos, en el Puerto de Santa Teresa, Chalchihuites, Zac., fueron fusilados el Sr. Cura Luis Batís y tres jóvenes de la ACJM, Manuel Morales, Salvador Lara y David Roldán; en enero de 1927 ahorcaron al Pbro. Jenaro Sánchez, en Tecolotlán Jal., y en San Julián Jal., fusilaron y echaron a la basura al Pbro. Julio Álvarez (canonizados por el Papa Juan Pablo II, el 21 de mayo de 2000); pero sin duda alguna, el impacto mayor en Luis fue la muerte del Lic. Anacleto González Flores, de los hermanos Jorge y Ramón Vargas y Luis Padilla Gómez, noticia que encendió el ánimo preparándolo para afrontar, en su momento, la misma muerte.

            El gobierno del Estado de Jalisco exigió a los Presidentes Municipales de los Altos, lista de los jefes cristeros y de los que les prestaban ayuda, además, se aplicaban durísimas acciones de represión y acoso a la población, ejecutando algún católico representativo de la comunidad.

            El general Miguel Zenón Martínez, al mando de un grupo de soldados, tomó el curato y la plaza de Arandas, teniéndola como centro de operaciones y, molestos por el trabajo de la ACJM, se propusieron escarmentar a todos en uno, y para esto, los primero en la lista eran Luis Magaña Servín y José Refugio Aranda “Pancho la Muerte”.

            A Luis no lo encontraron porque se ocultó en un subterráneo y los soldados, para no irse sin prenda, se llevaron a Delfino, su hermano menor.  Dejaron dicho que si Luis no se presentaba con el Gral. Martínez ese mismo día, Delfino sería fusilado.

            Luis y sus padres deliberaron el delicado asunto y Luis, con gran serenidad trató de animarlos y les comunicó su firme determinación de ir ante los captores; visitó sus mejores prendas y en la mesa, tranquilo, comió sus alimentos, al terminar, de rodillas pidió la bendición de sus padres y les animó diciéndoles que pronto volvería y les dio un fuerte abrazo, estrechó a su pequeño Gilberto besándole, abrazó a su esposa, que llevaba cinco meses de embarazo, y se despidió; salió de su casa tomando la calle Juárez, para bajar a la plaza y a la parroquia.  Llego a la notaría parroquial, cuartel general, y preguntó por el militar Martínez.  Un oficial lo condujo escoltado al “Hotel Centenario”, el general lo recibió asombrado.  Luis pidió la libertad de su hermano a cambio de su peligroso delincuente, mandó formales cuadro de fusilamiento en el atrio, a Luis y a José Refugio Aranda.

            Eran las tres y media de la tarde del 9 de febrero de 1928.  Luis tenía atadas las manos, pero no quiso ser vendado.  Hizo uso de la palabra en los siguientes términos: “Yo no he sido nunca ni cristero ni rebelde como ustedes me acusa, pero si de cristiano me acusan, sí lo soy y por eso estoy aquí para ser ejecutado.  Soldados que me van a fusilar, quiero decirles que desde este momento quedan perdonados y les prometo que al llegar ante la presencia de Dios serán los primeros por los que yo pida.  ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!

            La descarga de los fusiles interrumpió las palabras y el trágico silencio cerró esta tarde, en que se quiso dar lección a la población de Arandas.  Poco después, Raimundo, su padre, trasladó los restos mortales de Luis a su hogar, hecho que se dio porque el Gral. Martínez otorgó el permiso.  Ese día el militar topó con el valor de los Magaña, primero, Delfino capturado sin motivo sin motivo, segundo en la sustitución de reos, Luis de propia voluntad por ser el perseguido, y tercero, el padre que lleno de dolor pero con valor reclamó el cuerpo para velarlo y dar oportunidad que el pueblo, con veneración y reverencia, tocara los despojos mortales de un hombre de bien injustamente ajusticiado.  El certificado civil enuncia lacónicamente “falleció de traumatismo de arma de fuego”. Marcelino, amigo de la familia que acompañaba a Raimundo, quitó del cadáver, rasgándolo, un letrero que decía “así mueren los cristeros”, sin que los soldados se atrevieran a decir nada.  El 10 de febrero, muy temprano, lo sepultaron en el panteón municipal.

            Así moría un cristiano: cristiano en el templo, en el taller y en la calle, en el comercio y en la familia; es decir, cristiano en el único modo que se puede ser: Cristiano en la vida y en la muerte.

            Luis dejó dos legados: a su familia, una niña que en su honor lleva el nombre de María Luisa, y que nació cuatro meses después de la muerte de su padre; y al mundo cristiano, un modelo de santidad.

 

 

 

 

 

MIGUEL GÓMEZ LOZA

 

Hombre de fe intrépida

 

            Nació en un pueblo cercano a Tepatitlán llamado Paredones, y hoy, El refugio, el 11 de agosto de 1888.  el ambiente familiar en esa región alteña se caracterizó por profundas convicciones cristianas y pureza de costumbres, por lo que desde muy joven su vida se nutrió y acrecentó junto a un espíritu de piedad y un anhelo de superación.  A temprana edad, tuvo la pena de perder a su padre, por lo que su madre, dotada de un carácter firme, abnegada y compasiva, le ayudo a forjarse una mentalidad clara y un corazón generoso.

            Desde joven, se interesó en los problemas y situaciones que se presentaban en su pueblo y en ayudar y atender las necesidades de los demás.  Poseedor de un espíritu combativo no lo desperdició en asuntos intrascendentes.  Con su integridad, supo sostener la verdad, sin ningún disimulo.  Desde joven, gozó del respeto de sus coterráneos por esas cualidades.

            A los 25 años de edad, se trasladó a Guadalajara e inició sus estudios en el Seminario diocesano, del que se separó para ingresar a la Escuela Libre de Derecho, que le permitió conocer amigos, con quienes, en sus pláticas, vigorizó su convicción de alejarse de lo mediocre y buscar lo excelso.

            Formó parte de los círculos de estudio, algunos de los cuales él mismo inició, en los que se trataban distintas materias: filosofía, sociología, historia, literatura y periodismo, entre otras.  Toda la experiencia de sus actividades en su lugar de origen, la trasladó a la capital tapatía, y fiel a su origen humilde, dio a conocer su pensamiento sobre la cuestión obrera en la publicación mensual “El Cruzado”, que circuló entre grupos, uniones y sindicatos laborales.

            Al constituirse en Guadalajara la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, Miguel junto con Anacleto González Flores, su compañero de ideales, trabajos y sufrimientos por la defensa de sus principios, fue de los primeros en ingresar a esta benemérita organización.  Son innumerables las obras que llevó a cabo entre la clase trabajadora, organizó un Congreso Nacional de Trabajadores, precursor de la Confederación Católica del Trabajo que agrupó tanto a obreros como empleados de comercio, industria y campesinos y fue un baluarte que los defendió y amparó de los ataques y maniobras del Gobierno que pretendía apoderarse y sujetar a las clases más débiles económicamente.

            El Primer Congreso Católico Regional  Obrero, en abril de 1919; el Curso Social Agrícola, en enero de 1921; Primer Congreso Nacional Obrero, en abril de 1922, registran su participación, tanto en las labores de organización como en el desarrollo de importantes temas que en ellos se trataron.

            Sus afanes se centraron en el sector de la población humilde, trabajadores del campo y de la ciudad, a los que aportó su inteligencia y voluntad, logrando mostrar en los planes y programas que presentó, la preocupación de la Iglesia para iluminar y conseguir un trato humano entre patronos y obreros, propietarios y hombres del campo.

            En sus pláticas y acciones sostenía la urgencia de un sindicalismo libre, con peso y respeto en la comunidad, apolítico y de claridad conceptual en la función social de la propiedad privada.  Su preocupación por el campo mexicano lo hizo sostener que los organismos de los campesinos tienen como objetivos luchar contra el latifundio, promover la pequeña propiedad, establecer préstamos agrícolas y asociaciones de seguros colectivos.

            La persecución religiosa en México durante el siglo XX se recrudeció en los años de 1926 a 1929.  Es una página gloriosa en la vida e historia de la Iglesia y fundamental en los anales de nuestra nación.  Es un ejemplo de heroísmo en tiempos complicados en los que la fidelidad y firmeza cristianas son el signo característico de esa época.  Ante el odio a Jesucristo, a sus ministros y fieles, éstos presentaron una actitud noble, digna y a la vez sólida y sin claudicaciones, siguiendo el ejemplo de sus pastores.

            Muchos murieron por confesar la fe que profesaban; otros sacrificaron su tranquilidad para protestar ante la injusticia y la violencia, mediante diversas acciones.  La opresión y la tiranía provocaron como respuesta el fortalecimiento de la fe, la piedad se acrecentó y se elevaron preces en los hogares para pedir fortaleza y gracias para cumplir con los sacrificios que la situación imponía.  Para remediar los ataques y arbitrariedades también se necesitaron medios humanos, por lo que empezaron a surgir agrupaciones que orientaron y organizaron a la población.

            Para Miguel fue práctico el conciliar los diferentes círculos de estudio y comités que venían formando para encauzarlos a la defensa de la religión ya que en Guadalajara y algunas poblaciones jaliscienses proliferó la organización demográfica por barrio, manzana y cuadra, con responsables en cada sector y unidad.  Informará sobre los acontecimientos que se vayan prestando, explicará las medidas adoptadas y, a la vez, atenderá y vigilará las disposiciones cordadas.  Hombres y mujeres, jóvenes y aún adolescentes y niños, en diversos puestos y comisiones formaron un sistema de enlace y difusión.

            La Unión Popular de Jalisco, organización planeada por Anacleto González Flores, aglutinó los comités y grupos que se formaron.  Tenía un vocero “Gladium” que unificó criterios, juntó voluntades disciplinadas y conscientes de su responsabilidad individual y social, dispuestos a movilizarse rápidamente y de un modo constante, bien fuera para resistir el movimiento demoledor o para ponerse en marcha y reconquistar las posiciones que se habían arrebatado a los católicos.  Los estatutos de esta organización establecían que tendrían como norma la debida sujeción a la autoridad eclesiástica, adoptando como lema “Viva Cristo Rey” que se convirtió en voz y clamor de defensa y combate.

            Al publicarse el Código Penal en materia de cultos llamado “La Ley Calles” que ordenaba que por cada cinco mil habitantes un solo sacerdote podía ejercer sus  funciones y que éste debía registrarse ante el gobierno y sujetarse a sus disposiciones, los obispos, en protesta decidieron cerrar los templos al culto público.  Varios sacerdotes, obrando en la clandestinidad y sufriendo persecución, desafiando las iras y abusos, lograron desempeñar su ministerio con gran fidelidad, a pesar de las amenazas de maltratos y cárceles.

            Se decidió establecer un boicot con el objeto de lograr desestabilizar la economía del país y obligar el gobierno a derogar el código opresor y se exhortó a la población para que se abstuviera de comprar todo lo que no fuera indispensable.  El comercio resintió fuertes pérdidas y el gobierno sufrió mermas en los ingresos provenientes de los impuestos.  Algunos fieles católicos se impacientaron ante la perversa obstinación del gobierno, por lo que varios grupos en Jalisco, la región de El Bajío y en otros estados vecinos empezaron a levantarse en armas, para modificar las leyes y disposiciones injustas y para que la libertad religiosa fuera una realidad.

            Al iniciarse el movimiento marcial, varios católicos lo vieron como un desahogo y consuelo, ante la falta de sensatez y racionalidad política de las autoridades que cada día imponían su odio y capricho, sin escuchar el clamor de la cordura, el gobierno o dejó otra salida y provocó que aún los apáticos se enardecieron y favorecieran el empleo de las armas.  Numerosos integrantes de la Unión Popular se adhirieron al movimiento, por lo que Miguel encauzó sus acciones a mover voluntades, acuerdos favorables y cooperación hacia el movimiento armado.

            No dudó en prestar su colaboración exclusivamente en el aspecto cívico.  Su profunda espiritualidad que regía sus impulsos y valentía, lo alejaba de utilizar un arma para agredir a un semejante.  Esto no impidió que prestara ayuda a quienes peleaban por el mismo ideal que él llevaba en su corazón.  Su amigo fraternal Anacleto González Flores, el paladín de las causas nobles, fue martirizado el 1º de abril de 1927.  Ante el dolor por su pérdida física, todas las miradas se dirigieron a Miguel para que encabezara y continuara la epopeya que los dos habían delineado.

            Sin dudarlo aceptó la responsabilidad que ponían sobre sus hombros.  La Liga Nacional de la Defensa por la Libertad Religiosa le otorgó el nombramiento de gobernador civil de Jalisco, para atender las necesidades del ejército libertador, la paga y atención a las familias de los soldados, de las que estuvo vigilante que se atendiera en sus necesidades espirituales.  En esta decisión, hizo de su nueva encomienda, una prolongación de su hogar, en el que dejaba su esposa y tres hijas pequeñas para entregarse totalmente a buscar con patriotismo, libre de consignas y enconos, que la paz y la concordia fueran el fundamento del reinado de Cristo.

            Recorrió varias regiones y poblaciones en las que desplegaban sus operaciones los soldados de Cristo Rey, confortándolos y animándolos a perseverar en sus convicciones.  También giraba instrucciones, recibía comunicaciones por correos de hombres y mujeres leales y de confianza.  Algunos ranchos de Arandas y San Julián entre otros municipios, fueron centro de sus operaciones, cercanos a los sitios de combate, fue protegido y ocultado por alteños que le brindaron sus hogares y subsistencia, conscientes de que al hacerlo así colaboraban y cumplían con sus creencias.

            Emprendió un viaje a Guadalajara para el arreglo de asuntos inherentes a su cargo, y cerca de Atotonilco, Miguel y sus acompañantes fueron sorprendidos por las fuerzas federales que cayeron sobre ellos disparando en toda