|
SANTOS
MÁRTIRES ORIGINARIOS O QUE EJERCIERON
ANACLETO GONZÁLEZ
FLORES Un gran paradigma para el mundo de hoy Cuando vemos la facilidad con la cual el hombre
mediocre puede reducir la maravillosa amplitud del mundo a un espacio cerrado,
de aire enrarecido y maloliente, advertimos la extraordinaria grandeza del
mensaje cristiano. Frente a las conjuras, las intrigas y los mezquinos
intereses del Sanedrín que se confabula en contra de Jesús, el Mesías, rodeado
de sus discípulos, declara “Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre”,
ahora se ha demostrado que es posible alcanzar el éxito sin mancharse las
manos, sin coludirse; un éxito que, desde luego, trasciende y supera
ampliamente los horizontes humanos, por más que atraviese por las coordenadas
del martirio. El pasado 22 de junio se conocía en
Guadalajara la noticia de que en presencia del Santo Padre se había dado
lectura al decreto de martirio de Anacleto González
Flores y 7 compañeros laicos, mártires. De inmediato
los periódicos locales divulgaron la noticia.
En los primeros días de abril, pero del año 1927, también los periódicos
locales divulgaban una noticia que conmocionó a toda la ciudad y al Estado de
Jalisco Anacleto “El maestro”, había sido asesinado
por el gobierno. Capturado,
mejor dicho, secuestrado en un domicilio particular, torturado y luego
ejecutado, el gran líder cristiano había dejado la escena del mundo. Bastaría repasar las varias fotografías de su
sepelio para aquilatar lo que este singular joven significaba para la sociedad
de su época. Miles de dolientes de toda
edad y condición se hicieron presentes, Guadalajara estaba de luto, porque,
junto con Anacleto, otros jóvenes valerosos habían
sido igualmente asesinados. Ante la magnitud del acontecimiento, el gobierno se
apresuró a buscar coartadas que justificaran su acción criminal tan
manifiesta. No inventaban nada
nuevo. Cuando Nerón incendió Roma par
cumplir un capricho, ante el reclamo popular, culpó a los cristianos y, de esta
forma, justificó la masacre que
enseguida ejerció sobre ellos. ¿Qué
necesidad tenemos de juicio?, dirían los sanedritas. Y acusaron a Jesús de blasfemia y de que
soliviantaba al pueblo. Por lo mismo, al
gobierno le pareció de maravilla culpar a Anacleto de
ser autor intelectual de un secuestro, por esos días ocurrido en Guadalajara;
esa fue entonces su coartada, y como tal se divulgó por os medios de
comunicación. Que la viuda del secuestrado hubiese declarado la
falsedad de la nota, ya era irrelevante; al calumniador no le importa que su
dicho se aclare, más bien le preocupa y se empeña en que, por lo menos, quede
todo en la indefinición, manantial permanente de nuevas infamias. Con el pasar del tiempo y la
distancia que genera, la figura de Anacleto de nuevo
aparece limpia, como lo fue siempre, y su obra y grandes ideales se hacen hoy
tan urgentes como lo fueron en su época.
Anacleto González Flores es el adalid cristiano de la lucha
pacífica por la democracia, por esa democracia que ha tardado ya tanto en
llegar. Es el adalid de uno de los
derechos humanos más trascendentes, el derecho a la libertad religiosa, por el
cual él fue capaz de dar la propia vida.
Líder de un combate de profunda entraña cristiana, se ha inscrito, desde
el principio, en la lista de los mártires, toda vez que mantuvo con tenacidad
su convicción de que es la paz y no la violencia, lo que garantiza resultados
perdurables. Pero Anacleto
fue también un gran comunicador; escritor profundo, erudito en su bagaje
intelectual, conocedor a fondo de la historia mexicana, hábil como periodista,
expresión de lo que debe ser un periodista cristiano, tan convincente con la
palabra escrita como en el discurso oral.
Un hombre de principios del siglo XX, que tiene tanto que decir a la
sociedad del siglo XXI, justamente en muchos de los temas que el mundo de hoy maneja.
LUIS PADILLA GÓMEZ
Nació en Guadalajara, Jalisco, el 9
de diciembre de 1899. Fue el último de
los siete hijos engendrados por los esposos Dionisio Padilla del Castillo y
Mercedes Gómez. Fue bautizado en la
parroquia del Sagrario Metropolitano, el 13 de
diciembre, con el nombre de José
Dionisio Luis. Siendo niño, falleció su padre. Luis recibió en su hogar una esmerada
educación cristiana. Poseía un
temperamento sensible y la muerte de su padre y los muchos años que lo separaban
del resto de sus hermanos, no le dejaron recuerdos amables de esta primera
etapa de su vida. El 24 de septiembre de 1908, hizo su primera
Comunión. Inició sus estudios en el
colegio particular del señor Tomás Fragoso y después pasó al Instituto San
José. En noviembre de 1915, ingresó a Por notas autobiográficas, es posible delinear su
perfil: después de una niñez opaca, que se traduce en miedo a la vida y baja
autoestima, la certeza de ser objeto del amor de Dios atempera su
carácter. En una tanda de ejercicios
espirituales, descubre que Dios lo llama y que lo quiere para sí. Sin embargo, la vida intermitente
del Seminario, plagada de sobresaltos y temores, poco ayudan al fortalecimiento
de este propósito. En unos apuntes que
tituló Místicas, escritos en 1919, deja en claro que le subyuga ser sacerdote,
pero al mismo tiempo aparece como nube gris la duda vocacional. En 1921, habiendo terminado los tres cursos de
filosofía, y estando a punto de iniciar la formación teológica, tomó la
dolorosa decisión de abandonar el Seminario y se dedicó a saciar su sed
intelectual, estudiando con ahínco; a las obras de apostolado y a buscar en
Dios la paz del corazón. Corrigiendo su
tartamudez, dictó conferencias, impartió cursos, fue buen declamador de
poemas. Fue congregante asiduo, catequista
y activo acejotaemero, muy dedicado a la acción
social. Era amante de los buenos libros
y adquirió una selecta biblioteca, pero fue en su oratorio, dedicado al Sagrado
Corazón de Jesús, donde volcó su refugio interior. Procuró mantenerse al día en religión, doctrina
social de Muchos advertían perfectamente
delineado en Luis, al pastor sabio, sano y santo. Tan es así que les gastaban la broma: “Luis,
cuando dice un discurso, predica”.
Además de comulgar todos los días, de meditar y de tener espacios largos
de adoración ante Jesús Sacramentado, amó con intensidad a su Madre del cielo,
bajo la advocación de Guadalupe. Enemigo del ruido y de la publicidad, se inhibe casi
por completo a colaborar con la prensa católica; pese a ello, en lo particular
escribió, mucho y bien. Convive con
muchas personas, pero sus amigos íntimos son pocos y selectos, casi todos
sacerdotes. Es alegre, comunicativo,
canta, ríe, tiene siempre a la mano la anécdota ocurrente y limpia. Sus compromisos con La lucha desatada en su corazón hace
que se enfrenten la sombra y la luz, el odio y el amor. Extenuado por estos roces, exclamó, en
noviembre de 1924: “soy un viejo a los veinticuatro años”. No se trata en
realidad de vejez, sino de fatiga. Aunque
su alma delicada y sensible, que vibra ante el menor movimiento de la gracia,
lo impulsa a entregarse por entero, lo abruma la desazón de no poder darlo
todo. En la cuaresma de 1925, escribió De cosas espirituales, donde da razón de su indecisión y, por otra
parte, evoca al martirio. El 28 de
agosto del año siguiente, 1926, definió su situación: regresará al Seminario, y
la angustia que lo aflige, cesa. Con
todo, reingresar al Seminario, al menos de momento, no es posible. La institución atraviesa la peor crisis de su
historia: la clausura sistemática de sus instalaciones y la persecución abierta
a su enseñanza. A finales de 1926, es presidente diocesano
de A principios de 1927, se liga a la causa de tantos
católicos dispuestos a defender su fe a
costa de sus vidas. El 24 de enero de
ese año, registra en su diario su opción sacerdotal, pero también, en su
conducta, queda claro su compromiso con la resistencia católica. No tomará, bajo ninguna circunstancia, las
armas, pero apoyará la oposición activa de los jaliscienses comprometidos en la
defensa de su religión. Participa cotidianamente en las
celebraciones clandestinas de Ya en Guadalajara, al lado de Anacleto
González Flores, redobló sus empeños e intuyó su fin. El padre Ignacio González, poco antes de su
martirio, notándolo deprimido, inquirió la causa: “La situación de El 1º de abril de Por la mañana del 1º de abril, en el Cuartel
colorado, esperan la muerte en sendos calabozos Jorge y Ramón Vargas González, Anacleto González Flores y Luis Padilla Gómez. En el momento señalado, son conducidos al paredón de
fusilamiento. Cuando le llega su turno,
Luis hace petición: desea confesarse por
última vez, pero su solicitud no es atendida. Entonces, arrodillado y con los
brazos en cruz, perdona a sus verdugos y recita el acto de contrición, que
interrumpen los disparos. La familia Padilla Gómez realizó
todas las gestiones posibles para evitar lo inevitable, y la terrible noticia
no deja de conmoverlos, especialmente a su madre. Sus familiares recogieron el cadáver. Además de los impactos de los fusiles,
ciertas escoriaciones en la lengua hicieron suponer
el tipo de tortura al que fue sometido. La
capilla ardiente donde fue velado resultó insuficiente para recibir a una
multitud deseosa de rendir tributo póstumo al líder juvenil, sacrificado en la
flor de la edad. Al día siguiente fue
sepultado en el panteón de Mezquitán. El 4 de julio de 1928, consumida por
la pena, murió su madre, doña Mercedes Gómez.
JORGE VARGAS
GONZÁLEZ Nació en Ahualulco,
Jalisco, el 28 de septiembre de 1899.
Hijo de un caritativo médico, don Antonio Vargas, y de una valiente
madre que no se arredró al entregar a sus hijos al martirio, a su ejemplo de la
madre de los Macabeos, doña Elvira González. Sus abuelos fueron Florencio Vargas e Ignacia
Ulloa; Ramón González y Clara Arias. La familia Vargas era un árbol de
hondas raíces en Ahualulco, que habían producido
vástagos fuertes y valiosos, entre ellos el más notable fue don Francisco Melitón Vargas, que llegó a ser rector del Seminario de
Guadalajara y posteriormente Arzobispo de Puebla de los Ángeles. Fue bautizado
el 17 de octubre de ese mismo año, con el nombre de Jorge Ramón, por conservar
el nombre de su abuelo materno, aunque él siempre se hizo llamar Jorge. En el año de 1914, la familia Vargas
González, para brindar mayor seguridad y mejores oportunidades de formación a
los hijos, se radicó en Guadalajara, aunque don Antonio, por su profesión y por
atender a sus hermanas y sus negocios, permaneció en Ahualulco. Durante su adolescencia, Jorge fue testigo de los
acontecimientos violentos de Entre la juventud, alentada por la
recién creada ACJM, había una verdadera efervescencia por defender el honor de
Dios y los derechos más sagrados de la persona: la libertad de conciencia y la
libertad de culto, pisoteados por leyes injustas. Jorge fue un militante activo de Toda la familia Vargas González se sentía solidaria
con Con generosidad compartían casa, comida y amistad con
los hermanos perseguidos y se constituían en sus guardianes, como hizo Jorge
con el Padre Lino Aguirre, que con el tiempo sería obispo de Culiacán. Este sacerdote, no queriendo abandonar el
encargo apostólico que le había confiado el Sr. Arzobispo en la ciudad de
Guadalajara y conociendo la generosidad de los Vargas, acudió al domicilio,
ubicado en la calle Mezquitán 405, con la seguridad
de que sería aceptado. El padre Lino salía de ahí todas las tardes
disfrazado de obrero, montando en su bicicleta, a cumplir sus tares pastorales,
hasta que un buen día Jorge, que compartía con él su cuarto, le dijo: “No está
bien, San Lino- así le decían en broma- Usted ya no sale solo, le puede pasar
algo; yo seré su guardaespaldas” y a partir de ese día, Jorge apresuraba su
regreso del trabajo por la tarde para seguir, a pocos pasos y montando en una
poderosa bicicleta, según el testimonio de María Luisa Vargas, única
sobreviviente de la familia-, al P. Lino, como su ángel de la guarda. Los momentos más esperados por la familia eran los de
la cena, en los que además de los alimentos, compartían la amena charla del P.
Lino y las nada tranquilizantes noticias sobre la persecución. Para el año 1927, la situación era
verdaderamente insoportable para los católicos, las medidas para derogar las
leyes antirreligiosas no habían dado resultado y muchos habían decidido
levantarse en armas contra el gobierno. Un incidente sin importancia habría de dar un vuelco
en la vida de los Vargas. Anacleto González, nombrado jefe de la resistencia
católica, era buscado por todas partes como un perro rabioso. Una tarde en que
era conducido en auto para llevarlo a un escondite, el auto sufrió una avería y
no pudo avanzar más. Allí a unos pasos
de una estación de policía y muy cerca del centro de la ciudad estaba el hombre
más buscado por el gobierno. Fueron
momentos de gran tensión ¿qué hacer? –Está cerca la casa de los Vargas, vamos
allá-. Y así, entro en Mezquitán 405 el jefe de la resistencia religiosa a quien
todos admiraban, pero nadie quería tomar la responsabilidad de hospedarlo, por
lo riesgoso de la situación. Así describe María Luisa el acontecimiento: “Por la
noche, cuando nos reunimos a cenar, nos dimos cuenta de lo acontecido: Anacleto, el Maestro, estaban en nuestra casa y se iba a
quedar con nosotros. Ya habíamos tenido en casa varios sacerdotes y a grupos
pequeños de seminaristas, pero nunca al jefe de los cristeros, la
responsabilidad de alojarlo era enorme, pero imposible cerrarle las puertas,
¡eso nunca! Nadie protestó, la reunión fue breve, no hubo discusiones. Todos conocíamos al Maestro, así que
aceptamos gustosos la acogida que nuestra madre le brindaba” La casa de los Vargas era un lugar
estratégico para escondite, pues, situada en la esquina de las calles Mezquitán y Herrera y Cairo, tenían dos entradas, una por
cada calle, y la de Herrera y Cairo, disimulada por una botica, era por donde
llegaban los líderes de la resistencia a conversar con Anacleto. Esto ocupó el lugar que dejó vacante el P.
Lino en la habitación de Jorge, y al igual que el padre, se vestía de overol de
mezclilla como los obreros. A las cinco de la mañana del día 1º de abril de 1927,
fuertes golpes en la puerta de la farmacia sobresaltaron a doña Elvira que ya
se había levantado: “queremos una medicina”, gritaron desde afuera; como
insistían también por la puerta de Mezquitán, llamó a
Ramón, éste le contestó: “diles que no, mamá, ya ves que llegué muy tarde anoche,
que vengan más tarde”. Para ese momento,
los policías secretas, al mando de Atanasio Carero, ya habían trepado a las
azoteas y rodeaban la casa de los Vargas.
Al grito de ¡Abran en nombre de la ley! Golpeaban con fuerza la puerta
del zaguán. Doña Elvira fue a despertar
a sus hijos: “Nos van a matar a todos”.
Florentino salió primero y, entreabriendo la puerta, preguntó ¿qué se
les ofrece?, ¿dónde está la orden de cateo? Esta es, respondió el secretario Graciano Ochoa,
mostrando la pistola. No hubo más
remedio que abrir la puerta y la casa se llenó de policías que apresaron a Anacleto y a los tres hermanos Jorge, Florentino y Ramón
Vargas, bajo el cargo de haber dado albergue al Maestro Anacleto;
inútilmente trató el Maestro de interceder por ellos, pues no fue escuchado. Encerraron a los tres hermanos en un
mismo calabozo y a Anacleto y a Luis Padilla Gómez a
quien también habían apresado, aparte. Jorge se lamentó con sus hermanos de
no haber podido comulgar, ya que era viernes primero de mes, pero Ramón le
replicó; “No temas, si morimos, nuestra sangre lavará nuestras culpas”. En todo momento conservaron la
entereza de ánimo, pues estaban seguros de que la muerte los uniría a Cristo y,
si el precio de la gloria eran unas balas y algunas horas de dolor, era un
precio sumamente bajo que valía la pena pagar.
Tuvieron tiempo Jorge y sus dos hermanos, de charlar largamente y aún de
bromear. Interrogados, después de Anacleto, acerca del paradero del Arzobispo y sobre los
jefes cristeros, sin delatar a nadie, fueron condenados a muerte en un consejo
de guerra sumarísimo, ordenado por el general Ferreira, “por estar en
connivencia con los rebeldes”.
Florentino fue dejado en libertad por creer, equivocadamente, sus
captores que no era aún mayor de edad. Llegada la hora de la ejecución,
recitaron los cuatro sentenciados, el acto de contrición en voz alta y
empuñando Jorge el crucifijo en su mano derecha pegada al pecho, recibió la
descarga mortal. Eran las tres de la
tarde del viernes 1º de abril de 1927 cuando se abrieron las puertas del cielo
para recibir a Jorge Vargas González.
RAMÓN VARGAS GONZÁLEZ Nació en Ahualulco,
Jal., el 22 de enero de 1905. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento,
en la iglesia parroquial y se le dieron los nombres de Ramón Vicente, aunque solamente usó el nombre de Ramón. Tenían cinco años de edad cuando su
familia decidió trasladase a Guadalajara.
Llegando el tiempo, se inscribió en la escuela de medicina, donde fue un
alumno destacado y se distinguía por su buen trato, su compañerismo y su
espíritu de servicio. Cuando estuvo
capacitado por sus estudios, atendió con solicitud a los enfermos pobres, sin
cobra por sus servicios. A pesar de que eran difíciles para
los católicos, nunca se afrentó de ser y actuar como católico en el medio
universitario. Murió activamente en Todos lo conocían como “el colorado”
por el color rojizo de su cabello; era de elevada estatura y de carácter muy
jovial. Tenía 22 años de edad cuando Anacleto llegó a esconderse a su casa. Al Maestro le gustaba conversar con este
muchacho sano y lleno de idealismo. Un
día Anacleto hablando con toda franqueza le preguntó
-Oye Colorado, ¿en qué año vas de medicina? -
En cuarto, ya para
entra a quinto año- -
Oye, y ¿por qué no te vas
al cerro a curar a nuestros heridos? Mira, te la doy de capitán, nos
ayudarías muchísimo, servirías a Dios y a -
No, “Maestro”, a mí no
me gusta eso, yo soy hombre de paz; no, yo no le entiendo nada de esto; además,
yo tengo mucha ilusión en mi carrera; mire, si se trata de vendar la cabeza a
uno, la pernas, los brazos, pero en un frente a pelear, no, eso sí que no. El 31 de marzo de 1927 por la tarde
le confió a un compañero de medicina un extraño presentimiento: -
Mira, no sé qué me pasa, esta noche no quisiera ir a
dormir a mi casa. -
Pues no vayas, le contestó el amigo – quédate a
dormir en el hospital.- -
Oye, muy buena idea, ya es tarde, tengo miedo de ir a
mi casa- -
Miedo, ¿a qué?- -
Pues nomás, no sabría qué decirte. Pero mi mamá y mis
hermanos estarían con pendiente si
no fuera. Y Ramón se fue a su casa cerca de
las doce de la noche. A las cinco de la mañana, ya lo estaban despertando con
el pretexto de una medicina. La casa se vio invadida de policías
secretas y pronto en la calle se formó un tumulto con los vecinos que acudieron
a ver qué estaba pasando. A todas las
mujeres de la casa las subieron al camión de la policía y las llevaron a la
presidencia municipal; a los hombres, que además de Anacleto
y los hermanos Vargas eran Fidencio Estrada, amigo de
la familia y Bernardino Vega, un mozo de la familia, los llevaron en otro
vehículo al cuartel Colorado. María Luisa Vargas, único testigo
ocular que aún vive y que entonces tenía once años de edad, refiere en su libro
“Yo fui testigo”, que su hermano
Ramón hubiera podido escapar en medio de este tumulto, -“Ramón sale de la casa a despedirnos hasta afuera, y como es alto y
físicamente diferente de los demás miembros de la familia, se confunde entre la
bola y llega hasta la esquina de la casa”.
Una
vez en el calabozo, su hermano Florentino le dijo: -
Ramón, tú hubieras podido escapar- -
Sí, pero yo me dije: mi madre y mis hermanas quedan
presas y ¿yo me voy? – Y se regresó para ser reaprendido. Doña Elvira se despidió de sus hijos
como la madre de los Macabeos: “Hijos míos, ¡hasta el
cielo!” En la prisión no tuvo miedo él ni
sus hermanos. Tuvo tiempo de ratificar
su entrega que presintió desde la víspera, pues su esperanza cristiana lo
anclaba fuertemente a Cristo y le daba la seguridad de que la muerte lo uniría
para siempre a El. Después de algunas
horas en la cárcel, sintió hambre y se las ingenió para conseguir comida;
bromeó y oró, confortó a su hermano Jorge diciéndole: “No temas, nuestra sangre lavará nuestras culpas”. A punto de ser fusilado, hizo la
señal de la cruz con la mano derecha, par caer enseguida abatido por las
balas. Así consumó su entrega este joven
alegre, optimista y deseoso siempre de servir a Dios y a sus hermanos. Centenares de personas desfilaron
esa noche ante los cuerpos de Jorge y Ramón, y al día siguiente, 2 de abril,
fueron miles los que acompañaron a los mártires al cementerio de Mezquitán.
EZEQUIEL HUERTA
GUTIÉRREZ Nació en Magdalena, Jal., el 7 de enero de 1876. Fue el segundo hijo de Isaac Huerta Tomé y de
Florencia Gutiérrez Oliva. Recibió el
bautismo dos días después de su nacimiento, en la iglesia parroquial, con el
nombre de José Luciano Ezequiel. Fue
confirmado el 21 de diciembre de 1877, en la misma población. Su madre, de carácter enérgico,
decidido y emprendedor, supo inculcar en sus cinco hijos una intensa vida de
fe. En 1884, después de muchos años de
trabajo en Magdalena, la familia pudo radicarse en la ciudad de Guadalajara,
instalándose en el barrio del Santuario.
José del Refugio, el hijo mayor y Eduardo, ingresaron al Seminario
conciliar. Ordenado presbítero José del
Refugio, la familia se dividió; doña Florencia y su hija Carmen acompañaron al neosacerdote a su primer destino, Atotonilco
el Alto, permaneciendo en Guadalajara don Isaac como responsable de sus hijos
Ezequiel y Salvador. Ezequiel fue un buen hijo, piadoso y
centrado, gustaba de la ópera. Además de
estudiar la secundaria y el bachillerato en el Liceo de Varones del Estado, se
adiestró en canto con un maestro italiano de apellido Polanco; recibió también
formación musical y dirección coral.
Pronto fue reconocida su notable habilidad como interprete del armonio y
del órgano tubular, pero lo que le valió la admiración y el respeto de sus
contemporáneos fue su hermosa voz de tenor dramático, escuchada en todos los
templos de la ciudad. Lo particular de
este joven cantor era el sentimiento y el fervor en sus intervenciones. Se llegó a decir que “No había función religiosa en que Ezequiel no fuera la parte más
importante de la música y del canto”. Un trabajo intenso y su calidad
profesional lo llevó a contar con recursos propios y pensar en fundar un nuevo
hogar por lo que sus relaciones sentimentales con María Eugenia García, hija de
los señores Plutarco García y Ma. Trinidad Ochoa,
concluyeron con la recepción del sacramento del matrimonio, celebrado en el
templecito de las madres Capuchinas, el 17 de septiembre de 1904. Celebró Su esposa tuvo que equilibrar los
desbordes de su idealista marido, acostumbrado a trabajar sólo por el amor al
arte; al efecto, María Eugenia promoverá la firma de contratos por tiempo y
servicios prestados, lo que garantizará la cómoda manutención de la
familia. Los familiares de ella,
admirados de las atenciones de muestras de cariño del esposo, le decían:
“María, otro como Ezequiel no lo encuentra ni con el cirio pascual”. La alegría de los hijos pronto
iluminó este hogar. En el lapso de
veintitrés años nacieron diez hijos, recibidos con amor y educados con esmero:
José Ezequiel Manuel (1905); María
Guadalupe (1907); que murió un año después; José de Jesús (1909); María del
Carmen (1911); José (1913); José Ignacio (1915); María Teresa de Jesús (1918);
Ezequiel de Jesús (1920), hermano jesuita; María Trinidad (1922) y María
Rosalía (1925). El buen esposo era también óptimo
padre de familia: cuidaba personalmente de sus hijos, dedicaba a ellos su
tiempo libre, les acercaba todo lo necesario para su manutención. Ellos recuerdan que nunca llegó su padre al
domicilio familiar sin algún obsequio para cada uno de sus hijos; pero, sobre
todo, los edificaba con la riqueza de su vida interior. La familia vivía con intensidad la fe católica. Oraban unidos y juntos asistían a los
servicios religiosos. Ezequiel nunca olvidó el cariño y
respeto debido a sus padres, visitándolos con frecuencia, sobre todo desde que
su hermano José del Refugio, siendo párroco de la comunidad del Dulce Nombre de
Jesús, los llevó a vivir consigo. En más de una ocasión, tuvo que
contener la ambición. Varias ofertas lo
tentaron a buscar horizontes artísticos mucho más amplios, pero él siempre
declinó estas propuestas, pues si bien amaba su oficio, aún más lo retenía el
amor a los suyos y las posibilidades de servir únicamente el culto divino. Organizaba su vida en torno a Sufrió mucho por el acoso y la
intolerancia de las autoridades civiles en contra de En la primera mitad de 1926, murió
su madre, y sería ésta la primera de muchas pruebas. La
siguiente vino el 31 de Julio; el culto público fue suspendido. Sus dos hermanos sacerdotes debieron ejercer
su ministerio a salto de mata y Ezequiel mismo, perder su trabajo. El estado de las cosas parecía
prologarse indefinidamente. Por otra
parte, sus hijos mayores, Manuel y José de Jesús, activos miembros de El 1º de abril de 1927 tuvo lugar la
aprehensión, tormento y muerte de Anacleto González
Flores, Luis Padilla y Jorge y Ramón Vargas González. Ezequiel, apoyado por su hermano Salvador
decidió enviar al extranjero a su hijo Manuel, entonces en Guadalajara,
disponiendo la salida del joven para la madrugada del día siguiente. Ezequiel y Salvador acudieron la
noche del 1º de abril a las capillas ardientes donde eran velados los
mártires. Poco antes estando aún
Ezequiel en la casa de Salvador, expresó su preocupación por el estado de
cosas. En la mañana del día siguiente, como
a las 8:00 horas, Ezequiel llegó a su hogar.
Le pidió a su esposa María Eugenia que visitara el lugar donde era
velado Anacleto, entre tanto, él cuidaría de los
niños. Una hora después se introdujeron
en la casa cinco empistolados, apostándose en el
ingreso; el que los dirigía cerró con llave el cancel del zaguán. Ezequiel, sorprendido por el arbitrario
quebranto a la intimidad de su hogar, exigió una razón suficiente para
justificar tamaño proceder; la respuesta de los invasores fue amargarlo y
procede al cateo de la vivienda, destruyendo y robando a discreción, en medio
del azoro de los niños. Su esposa, al regresar, abordó la
situación con cautela, pero fue inútil; las órdenes eran terminantes y debían
ejecutarse sin compasión. Ezequiel ni
siquiera pudo despedirse de su esposa, a quien amaba entrañablemente; en su
lugar le dirigió una mirada de tristeza.
Junto con él fue hecho prisionero un joven seminarista, Juan Bernal,
quien accidentalmente había llegado al domicilio poco antes. Las horas siguientes transcurrieron
con rapidez. En las estrechísimas celdas
de Las horas de esta injusta reclusión
suponen el drama, el dolor y la impotencia de dos inocentes que deben morir
para servir de escarmiento a los católicos de la resistencia. El sargento Felipe Vázquez ordena la
aplicación del tormento común: suspender a los prisioneros de los dedos
pulgares y azotarles las espaldas. Se
quiere arrancas de sus labios, entre otras cosas, el sitio donde se ocultan los
presbíteros José refugio y Eduardo Huerta Gutiérrez. En realidad, al primer verdugo, general Jesús
M. Ferreira, no le interesa tanto el dato, sino cebarse en la vida de los
chivos expiatorios que ha elegido. Los labios de Ezequiel entonan como
respuesta a las preguntas de sus victimarios, el himno eucarístico: Que viva mi
Cristo/ que viva mi Rey/ que impere doquiera/ triunfante su ley. Lo callan a golpes, hasta dejarlo inconsciente. La inerme víctima, es devuelta a la
loba. Al recuperar el conocimiento reza:
“Señor, ten piedad de nosotros, Cristo ten piedad de nosotros…”. Sabe que su muerte es inminente y se prepara
a ella. Su última providencia es a favor
de su familia: “dígale a mi esposa – dice a Bernal- que en la bolsa secreta de
mi pantalón, tapada con el fajo, traigo una moneda de oro que es lo único que
no me quitaron”. A media noche los suben al vehículo
donde se traslada a los delincuentes comunes, una como jaula, la julia, en labios del pueblo. Con la sirena encendida recorren la distancia
que separa El primero en morir fue Ezequiel,
acto continuo lo siguió su hermano.
Después de la ejecución sus cadáveres fueron arrojados en una misma
fosa, cavada con anticipación. Tiempo
después los restos de los mártires fueron exhumándoos y puestos en la cripta de
la familia, en el mismo panteón. En 1952
se les pasó a sendos columbarios de la parroquia del dulce Nombre de Jesús;
finalmente, el 20 de noviembre de 1980, se les trasladó a la capilla del
Seminario de los Misioneros Xaverianos, en la colonia
del Carmen, de Arandas, Jalisco.
SALVADOR HUERTA
GUTIÉRREZ Nació en Magdalena, Jal., el 17 de marzo de 1880. Fue el penúltimo de cinco hijos; fue
bautizado el 22 de marzo siguiente, en la iglesia parroquial de la población. Su temperamento, desde niño fue
singular. Afrontaba las situaciones
adversas con estoicismo que incitaba a su madre a duplicar con él la
disciplina. Ciertamente poseía algo del
carácter de su padre, callado, ocupado todo el tiempo en sus faenas. Sin saberlo, iniciaba su camino por la senda
estrecha y empinada que conduce al reino de los Cielos. Ya instalada la familia Huerta Gutiérrez
en Guadalajara, inscritos los hermanos mayores en el Seminario Conciliar y
Ezequiel con sus clases de canto, Salvador, terminada la formación secundaria,
manifestó que sus aptitudes no lo inclinaban por las cuestiones
académicas. Sus padres pensaron que un
tiempo en el campo asentaría su elección y así fue pero solo para confirmarlo
en ella. De nuevo en la ciudad se aplicó
con empeño y destreza poco común a las cosas prácticas.
Pocos secretos dejó si resolver en
lo que sería su oficio, el manejo del torno mecánico en la modalidad automotriz. Aprovechó al máximo su estancia como operario
en una compañía de origen alemán; fue técnico de bombas en las minas de
Zacatecas y oficial en los talleres de los Ferrocarriles Nacionales, en
Aguascalientes. De estos tiempos datan sucesos, de
apariencia accidental, pero que vistos en su conjunto confirman su
predestinación al martirio: una piedra aplastó a una persona que lo reemplazó
en el manejo de cierta máquina; al reventarse el cable del elevador de la mina
donde trabajaba, murieron todos los ocupantes excepto él se libró de una
devastadora epidemia. Sufrió, además,
otros accidentes que le provocaron lesiones gravísimas. Viviendo en Aguascalientes, visita
con regularidad a su madre, domiciliada en Atotonilco
el Alto, donde el padre José del Refugio presta sus servicios. En ese pueblo, conoce y admira a Adelina
Jiménez, huérfana de madre, con quien terminará casándose, tras vencer algunos
inconvenientes, como fueron la oposición de la familia de ella por la condición
social de Salvador y la diferencia de edades, diez años, entre ambos. Los veinte años que duró el
matrimonio, celebrado el 20 de abril de 1907 en la capilla del Calvario de Atotonilco, ante la presencia de sus hermanos sacerdotes
José Refugio y Eduardo, serán una luna de miel continua. Engendraron con cariño los siguientes hijos:
Salvador (1908), María (1909), Guadalupe (1911), Gabriel (1913), Dolores
(1914), Isabel (1917), Antonio (1919), Francisco (1921), José Luis (19124),
Isaac (1924), a cada uno de los cuales se esforzaron por dotarlos con lo
necesario para su desarrollo físico y moral. Los nuevos esposos se radicaron en
Aguascalientes, donde nacieron los dos primero hijos; poco después, el amor
materno lo atrajo a la capital de Jalisco.
Dejó lo que tenía y se estableció de nuevo en Guadalajara. Muy pronto pudo montar un taller de mecánica
automotriz, que llegó a ser considerado el mejor de la ciudad. Se ganó, por este motivo, el sobrenombre de
“Mago de los carros”; pues, se las ingeniaba para reproducir cualquier
refacción necesaria, o par resolver el más intrincado desperfecto. Solicitan sus servicios, por igual,
particulares y dependencias del Gobierno.
Por otra parte, no se limitaba a utilizar el servicio de sus operarios,
sino que los instruía y adiestraba. Eso
le ganó la estima de clientes y trabajadores.
Sólo una cosa no toleraba, el lenguaje blasfemo o soez. Alguien ha dicho, por esto, que su taller era
escuela y templo. Sus hijos no se cansan de recordar
al padre solícito, que se desvivía por atender a su sensible y delicada esposa
y a sus hijos. Amaba a Dios por encima
de todo y recibía con verdadera piedad los sacramentos. Con la frecuencia que podía, dedicaba largos
espacios de adoración eucarística. Durante la ocupación de Guadalajara
por las facciones villistas y carrancistas, durante
los tiroteos, en más de una vez arriesgo la vida con tal de obtener alimentos
para sus hijos. Sufría las adversidades con
particular fortaleza: una mujer lo arrolló con su automóvil, sufrió quemaduras
y heridas graves, todo sin quejarse, ofreciendo sus padecimientos por los de su
esposa: “Adelina, yo le pido a Dios que me dé todos los sufrimientos, pero que
a ti te devuelva la salud”, comentó alguna vez a su esposa. Dedicaba los descansos dominicales a
la convivencia familiar, organizando almuerzos en el campo y paseos. Gustaba de la ópera y del cine. Con su esposa era atento y delicado, con sus
hijos, cariñoso y enérgico. Todos los días asistía a Misa y
comulgaba en la capilla del Calvario, donde más tarde fue levantado el
monumental templo Expiatorio. Para
amento de su devoción eucarística, el 8 de agosto de 1921 fue aceptado como
socio activo de Tras la muerte de su madre, en 1926,
recogió en su hogar a su anciano padre.
Como muchos católicos en Guadalajara, a Salvador le indignaba la
persecución sistemática ejercida por el poder civil en contra de La víspera de su martirio lo asalta
una de sus corazonadas: “Presiento que
algo va a pasar”. El 1º de abril de 1927, trágicos
nubarrones ensombrecen las expectativas de los Huerta Jiménez y de muchísimos
hogares más. Han matado a Anacleto González Flores y a varios jóvenes católicos. Ese día, por la tarde, recibe a su hermano
Ezequiel. Al notarlo preocupado por la
inseguridad que impera y que a todos afecta, le increpa: “No te apures, si nos quieren matar, pues que nos maten”. Un poco en broma especula sobre la
posibilidad de morir por ser católico.
Momentos después los dos hermanos visitan las capillas ardientes de los
mártires. Entre tanto, se planea una
estrategia para salvar la vida de su sobrino Manuel: partirá en el coche de
Salvador, muy de mañana, con rumbo a la estación Las cosas se realizaron conforme a
lo planeado. En la madrugada marchó el
contingente y Salvador dispuso de su tiempo como solía hacerlo todos los
días. Ya en su taller, como a las 9:00
horas, algunos agentes de Sin justificar su arresto, lo
encerraron en El interrogatorio y el tormento
fueron practicados con toda formalidad: suspensión de los pulgares y
flagelación. Salvador no abrió los
labios ni para quejarse. Su delito, lo
sabe, es ser uno de los miles de mexicanos que profesan la fe católica y no
está dispuesto a renunciar a este título.
En el transcurso del día par amargar más sus últimas horas, fue
arrestado su hijo Gabriel, adolescente de 14 años, quien llevaba viandas a su
padre, pero que fueron consumidas en el acto por los esbirros. A la media noche parten al panteón
de Mezquitán.
Ya en el patíbulo, perdona a quienes le
quitarán la vida. Ezequiel es el primero
en caer; Salvador lo contempla y se descubre.
Mientras preparan las armas para ejecutarlo, pide al encargado del
cementerio una vela encendida. Ilumina
su pecho y exclama: “Les pongo esta vela
en mi pecho para que no fallen ante este corazón dispuesto a morir por Cristo y
que tanto lo ha amado”. Los disparos de los rifles rubricaron estas
solemnes palabras.
LUIS MAGAÑA SERVÍN Nació en Arandas,
Jalisco, el 24 de agosto de 1902¸ hijo de Raimundo Magaña Zúñiga y María
Concepción Servín Gómez. Fue el primer hijo de este matrimonio
cristiano y tuvo otros dos hermanos: Delfino y
soledad. Fue bautizado el 26 del mismo
mes. La familia Magaña era de clase
media alta, acomodada, en su ambiente familiar brillaban los valores de la
honradez, formalidad y amor al trabajo que desarrollaban en la industria de la
curtiduría, trabajo duro que requería de paciencia, por su nivel
artesanal. Doña Concepción, llena de
bondad y generosidad, sembró en el corazón de sus hijos las virtudes,
destacando la piedad, el amor a Recibió la confirmación el 2 de
julio de 1906, en el templo parroquial de Arandas, y
en la navidad de 1909, recibió a Jesús Sacramentado. Su infancia y adolescencia
transcurrieron en la tranquilidad del hogar.
A las cinco de la mañana se levantaba, asistía a Misa con su papá,
volvía a casa, desayunaba y se iba a la escuela. En su juventud, por las tardes, se unía al
trabajo de curtiduría, destacando en la administración. Era de temperamento sencillo y noble,
bondadoso y tenaz, asiduo y puntual en lo que emprendía, responsable y
transparente en sus acciones. Cuando la firmeza en la fe y coherencia de vida
cristiana son ruta y mera en el horizonte juvenil, la vida transcurre en
consecuencia. Frecuentaba los sacramentos y vivía
lo que creía con sencillez y naturalidad.
Fue amigo de párrocos y vicarios parroquiales en su pueblo. Fue activo adorador nocturno del Santísimo
Sacramento, dirigente de Fue un gran apoyo para sus padres,
sobresaliente en la práctica de la caridad, despendido de lo material y siempre
preocupado por los pobres. Con facilidad
y generosidad, ayudaba a quien se lo solicitaba, sin distingo alguno,
comunicaba confianza, no dejó solicitud sin respuesta, fue obsequioso y, sobre
todo, siempre tuvo el consejo atinado para la necesidad del momento. Al fundarse El 7 de noviembre de 1992, se fundó en Arandas
Formalizó su noviazgo con La situación de Su convicción pacífica lo llevó a no
intervenir en las filas armadas; pero, con gran empeño, y asesorado por el
párroco, organizó la ayuda a través de un mensajero de oficio panadero, a quien
le decían “Pancho la muerte”, con quien quedó unido en la historia. El riego y el peligro no eran
ignorados ya que el incondicional apoyo ofrecido por los arandenses,
contrapuso la reacción del ejército. Las
noticias de los primeros caídos llegaban, entre ellas, las del 15 de agosto de El gobierno del Estado de Jalisco
exigió a los Presidentes Municipales de los Altos, lista de los jefes cristeros
y de los que les prestaban ayuda, además, se aplicaban durísimas acciones de
represión y acoso a la población, ejecutando algún católico representativo de
la comunidad. El general Miguel Zenón Martínez, al
mando de un grupo de soldados, tomó el curato y la plaza de Arandas,
teniéndola como centro de operaciones y, molestos por el trabajo de A Luis no lo encontraron porque se
ocultó en un subterráneo y los soldados, para no irse sin prenda, se llevaron a
Delfino, su hermano menor. Dejaron dicho que si Luis no se presentaba
con el Gral. Martínez ese mismo día, Delfino sería
fusilado. Luis y sus padres deliberaron el
delicado asunto y Luis, con gran serenidad trató de animarlos y les comunicó su
firme determinación de ir ante los captores; visitó sus mejores prendas y en la
mesa, tranquilo, comió sus alimentos, al terminar, de rodillas pidió la
bendición de sus padres y les animó diciéndoles que pronto volvería y les dio
un fuerte abrazo, estrechó a su pequeño Gilberto besándole, abrazó a su esposa,
que llevaba cinco meses de embarazo, y se despidió; salió de su casa tomando la
calle Juárez, para bajar a la plaza y a la parroquia. Llego a la notaría parroquial, cuartel
general, y preguntó por el militar Martínez.
Un oficial lo condujo escoltado al “Hotel Centenario”, el general lo
recibió asombrado. Luis pidió la libertad
de su hermano a cambio de su peligroso delincuente, mandó formales cuadro de
fusilamiento en el atrio, a Luis y a José Refugio Aranda. Eran las tres y media de la tarde
del 9 de febrero de 1928. Luis tenía
atadas las manos, pero no quiso ser vendado.
Hizo uso de la palabra en los siguientes términos: “Yo no he sido nunca
ni cristero ni rebelde como ustedes me acusa, pero si de cristiano me acusan,
sí lo soy y por eso estoy aquí para ser ejecutado. Soldados que me van a fusilar, quiero
decirles que desde este momento quedan perdonados y les prometo que al llegar
ante la presencia de Dios serán los primeros por los que yo pida. ¡Viva
Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! La descarga de los fusiles interrumpió las palabras y
el trágico silencio cerró esta tarde, en que se quiso dar lección a la
población de Arandas.
Poco después, Raimundo, su padre, trasladó los restos mortales de Luis a
su hogar, hecho que se dio porque el Gral. Martínez otorgó el permiso. Ese día el militar topó con el valor de los
Magaña, primero, Delfino capturado sin motivo sin
motivo, segundo en la sustitución de reos, Luis de propia voluntad por ser el
perseguido, y tercero, el padre que lleno de dolor pero con valor reclamó el
cuerpo para velarlo y dar oportunidad que el pueblo, con veneración y
reverencia, tocara los despojos mortales de un hombre de bien injustamente
ajusticiado. El certificado civil
enuncia lacónicamente “falleció de traumatismo de arma de fuego”. Marcelino,
amigo de la familia que acompañaba a Raimundo, quitó del cadáver, rasgándolo,
un letrero que decía “así mueren los cristeros”, sin que los soldados se
atrevieran a decir nada. El 10 de
febrero, muy temprano, lo sepultaron en el panteón municipal. Así moría un cristiano: cristiano en
el templo, en el taller y en la calle, en el comercio y en la familia; es
decir, cristiano en el único modo que se puede ser: Cristiano en la vida y en
la muerte. Luis dejó dos legados: a su familia,
una niña que en su honor lleva el nombre de María Luisa, y que nació cuatro
meses después de la muerte de su padre; y al mundo cristiano, un modelo de
santidad.
MIGUEL GÓMEZ LOZA Hombre de fe
intrépida Nació en un pueblo cercano a Tepatitlán llamado Paredones, y hoy, El refugio, el 11 de
agosto de 1888. el
ambiente familiar en esa región alteña se caracterizó
por profundas convicciones cristianas y pureza de costumbres, por lo que desde
muy joven su vida se nutrió y acrecentó junto a un espíritu de piedad y un
anhelo de superación. A temprana edad,
tuvo la pena de perder a su padre, por lo que su madre, dotada de un carácter
firme, abnegada y compasiva, le ayudo a forjarse una
mentalidad clara y un corazón generoso. Desde joven, se interesó en los
problemas y situaciones que se presentaban en su pueblo y en ayudar y atender
las necesidades de los demás. Poseedor
de un espíritu combativo no lo desperdició en asuntos intrascendentes. Con su integridad, supo sostener la verdad,
sin ningún disimulo. Desde joven, gozó
del respeto de sus coterráneos por esas cualidades. A los 25 años de edad, se trasladó a
Guadalajara e inició sus estudios en el Seminario diocesano, del que se separó
para ingresar a Formó parte de los círculos de
estudio, algunos de los cuales él mismo inició, en los que se trataban
distintas materias: filosofía, sociología, historia, literatura y periodismo,
entre otras. Toda la experiencia de sus
actividades en su lugar de origen, la trasladó a la capital tapatía, y fiel a
su origen humilde, dio a conocer su pensamiento sobre la cuestión obrera en la
publicación mensual “El Cruzado”, que circuló entre grupos, uniones y sindicatos
laborales. Al constituirse en Guadalajara El Primer Congreso Católico
Regional Obrero, en abril de 1919; el
Curso Social Agrícola, en enero de 1921; Primer Congreso Nacional Obrero, en
abril de 1922, registran su participación, tanto en las labores de organización
como en el desarrollo de importantes temas que en ellos se trataron. Sus afanes se centraron en el sector
de la población humilde, trabajadores del campo y de la ciudad, a los que
aportó su inteligencia y voluntad, logrando mostrar en los planes y programas
que presentó, la preocupación de En sus pláticas y acciones sostenía
la urgencia de un sindicalismo libre, con peso y respeto en la comunidad,
apolítico y de claridad conceptual en la función social de la propiedad
privada. Su preocupación por el campo
mexicano lo hizo sostener que los organismos de los campesinos tienen como
objetivos luchar contra el latifundio, promover la pequeña propiedad,
establecer préstamos agrícolas y asociaciones de seguros colectivos. La persecución religiosa en México
durante el siglo XX se recrudeció en los años de Muchos murieron por confesar la fe
que profesaban; otros sacrificaron su tranquilidad para protestar ante la
injusticia y la violencia, mediante diversas acciones. La opresión y la tiranía provocaron como
respuesta el fortalecimiento de la fe, la piedad se acrecentó y se elevaron
preces en los hogares para pedir fortaleza y gracias para cumplir con los
sacrificios que la situación imponía.
Para remediar los ataques y arbitrariedades también se necesitaron
medios humanos, por lo que empezaron a surgir agrupaciones que orientaron y
organizaron a la población. Para Miguel fue práctico el
conciliar los diferentes círculos de estudio y comités que venían formando para
encauzarlos a la defensa de la religión ya que en Guadalajara y algunas
poblaciones jaliscienses proliferó la organización demográfica por barrio,
manzana y cuadra, con responsables en cada sector y unidad. Informará sobre los acontecimientos que se
vayan prestando, explicará las medidas adoptadas y, a la vez, atenderá y
vigilará las disposiciones cordadas.
Hombres y mujeres, jóvenes y aún adolescentes y niños, en diversos
puestos y comisiones formaron un sistema de enlace y difusión. Al publicarse el Código Penal en
materia de cultos llamado “ Se decidió establecer un boicot con
el objeto de lograr desestabilizar la economía del país y obligar el gobierno a
derogar el código opresor y se exhortó a la población para que se abstuviera de
comprar todo lo que no fuera indispensable.
El comercio resintió fuertes pérdidas y el gobierno sufrió mermas en los
ingresos provenientes de los impuestos.
Algunos fieles católicos se impacientaron ante la perversa obstinación
del gobierno, por lo que varios grupos en Jalisco, la región de El Bajío y en
otros estados vecinos empezaron a levantarse en armas, para modificar las leyes
y disposiciones injustas y para que la libertad religiosa fuera una realidad. Al iniciarse el movimiento marcial,
varios católicos lo vieron como un desahogo y consuelo, ante la falta de
sensatez y racionalidad política de las autoridades que cada día imponían su
odio y capricho, sin escuchar el clamor de la cordura, el gobierno o dejó otra
salida y provocó que aún los apáticos se enardecieron y favorecieran el empleo
de las armas. Numerosos integrantes de No dudó en prestar su colaboración
exclusivamente en el aspecto cívico. Su
profunda espiritualidad que regía sus impulsos y valentía, lo alejaba de
utilizar un arma para agredir a un semejante.
Esto no impidió que prestara ayuda a quienes peleaban por el mismo ideal
que él llevaba en su corazón. Su amigo
fraternal Anacleto González Flores, el paladín de las
causas nobles, fue martirizado el 1º de abril de 1927. Ante el dolor por su pérdida física, todas
las miradas se dirigieron a Miguel para que encabezara y continuara la epopeya
que los dos habían delineado. Sin dudarlo aceptó la
responsabilidad que ponían sobre sus hombros.
Recorrió varias regiones y
poblaciones en las que desplegaban sus operaciones los soldados de Cristo Rey,
confortándolos y animándolos a perseverar en sus convicciones. También giraba instrucciones, recibía
comunicaciones por correos de hombres y mujeres leales y de confianza. Algunos ranchos de Arandas
y San Julián entre otros municipios, fueron centro de sus operaciones, cercanos
a los sitios de combate, fue protegido y ocultado por alteños
que le brindaron sus hogares y subsistencia, conscientes de que al hacerlo así
colaboraban y cumplían con sus creencias. Emprendió un viaje a Guadalajara para el arreglo de asuntos inherentes a su cargo, y cerca de Atotonilco, Miguel y sus acompañantes fueron sorprendidos por las fuerzas federales que cayeron sobre ellos disparando en toda |